NOVELA: ¿A QUIEN AMA LA SEÑORA LAU? (Extracto)

 

¿A QUIÉN AMA, LA SEÑORA LAU?

Por: JORGE MESÍA HIDALGO

 

En el interior del terminal aéreo limeño me sorprendí aún más. Luces por todos lados, avisos luminosos de colores, el piso brillante como un espejo y resbaladizo para mis rústicas costumbres. Lograron ponerme muy nervioso. Estaba a punto de cubrirme nuevamente el rostro, cuando, para mi buena fortuna, alguien pronunció mi nombre.

— ¿Alberto?, ¿Alberto Maderos?

Miré apresuradamente a esa persona, que, con sus palabras, me lanzaba un salvavidas, en ese angustioso momento.

— ¡Sí, soy yo!, —casi grité, al responder.

Era una mujer de mediana edad, el pelo pintado rojizo, un poco gorda y piel blanca. Sonreí, nervioso y ansioso.

—Hola, hijito, soy tu tía Maricruz. —me dijo, dándome un beso y un abrazo cálido. —Dios mío, estás temblando, sientes mucho frío, ¿no?

 Asentí. En realidad no sentía tanto frío, sino tuve un ataque de nervios. Por eso es que no quise soltar a la tía Maricruz cuando me dio el abrazo.

—Ven, hijo, ponte este abrigo y vamos a recoger tus cosas, ¿traes equipaje?

—Ajá, una pequeña maleta. —respondí. Me tomó de la mano y me condujo al área de entrega de equipajes. —Gracias, tía, por venir a recibirme, estuve a punto de gritar de los nervios, no sabía qué hacer.

—Me imagino, hijito, a mí me pasó igual cuando vine la primera vez. Estuve distraída por eso no me presenté antes.

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Cuando me encaminaba para seguir por el jirón de la Unión, escucho un silbido al costado mío, vuelvo la mirada y me encuentro con un hombre, no mucho mayor que yo, que me hace una señal con la mano. Me acerco.

—Hola, guapo, ¿Buscando compañía?, —me preguntó.

Me sorprendió. De cerca tenía un aspecto extraño, una actitud diferente y la mirada esquiva.

—Estoy buscando trabajo, —respondo, inocentemente. El hombre carraspea y sonríe abiertamente al notar mi acento selvático.

—Yo te puedo dar trabajo, ¿qué tipo de trabajo deseas?, —me dice, siempre mirando hacia diferentes lugares y tratando de tomarme la mano. Instintivamente doy un paso atrás. El hombre se pone serio.

—Disculpa, en serio, ¿de dónde eres?

—De la selva, de Tarapoto, de San Martín.

—Ah, disculpa de verdad, yo creí que eras de esos chicos que vienen a buscar compañía, en serio discúlpame, amigo, yo también soy de la selva, soy de Loreto, de Iquitos.

—¿Así?, ¿también buscas trabajo?

—Más o menos, —me responde. Yo sonrío.

—Bueno, por lo visto acá no hay nada, iré a caminar por el jirón de la Unión, de repente ahí encuentro algo.

—Espera, ahí no encontrarás nada, sólo gente que va y viene y tiendas por todos lados, ¿conoces el jirón?

—No, voy a conocerlo ahora, —respondo; él me toma del brazo.

—Te acompaño, pero de ahí nos vamos por la calle Capón, en el barrio chino, ahí sí hay trabajo de verdad.

Acepto y lo sigo, sin tomar ninguna precaución de que podía ser un engaño. Creí en sus palabras, le agarré cierta confianza cuando me dijo que era de Loreto y caminé con él, por el jirón de la Unión.

—Oye, si sabes que en la calle del barrio chino hay trabajo, ¿qué hacías parado ahí en la plaza San Martín?, —le pregunto mientras caminábamos por el afamado jirón.

—¡Anda!, ¿en serio, no sabes?

—¿Qué hay que saber?. —Él ríe a carcajadas.

—¿Cuándo viniste de la selva?

—Estoy acá desde enero.

—¿Cuántos años tienes?

—Voy a cumplir diecinueve. —Vuelve a reír de buena gana. Yo también río, contagiado.

—Eres bien pichón, pata, seguro ni sabes de los trabajadores sociales.

Lo miro, interrogante. Él me mira y vuelve a reír con más fuerza. Yo callo y miro hacia las tiendas. Me estaba cansando con sus preguntas y sus misterios. Habíamos caminado varias cuadras y empezaba a agotarme.

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