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Dramatizando la vida de Jesucristo

El libro de dramas de Jesucristo es un libro con diferentes temas cristianos para la iglesia, teatro, actividades en la escuela ect:

1.Drama para navidad.Tema: Los magos visitaron a Jesús.

2.Drama para actividad de semana santa.Tema: Las marcas que Jesús nos dejó.

3.Drama de Semana Santa. Tema: Mirando las tres cruces.

4.Drama de Semana Santa. Tema: Cristo Resucitó.

5.Drama Tema: Cristo viene pronto.

6.Historia de la vida real de la autora Luz N. Salgado.

7.Drama para el dia de las madre. Tema: El amor incomprencible de mamá.

8.Drama Tema: Un encuentro ante de la muerte.

9.Drama Tema: Vuelve a casa.

10.Drama Tema: Lo que ofrece el mundo

11.Drama Tema: No juegues con la última esperanza.

 

Autora: Luz N. Salgado

 

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Cice: Una mirada fugaz

Biografía ficción

Autor; Homero de la Garza

CICE: Una mirada fugaz

Sinopsis:

A los 86 años de edad, y tras un prolongado autoexilio de casi medio siglo, Cice regresa a Random, la ciudad en la que creció. Antes de llegar y cumplir el propósito que lo ha traído de regreso, se detiene y hace un repaso de pasajes de su vida en aquel lugar, donde amó, pero también se enredó en amoríos, y donde se afanó por realizar grandes sueños idealistas, a veces empañados por las distracciones de su naturaleza humana, y también por la ausencia de objetivos claros, lo que le condujo a navegar una vida a merced del viento.

De una manera fugaz Cice repasa otros recuerdos, como los de su infancia que lo alegran y emocionan, u otros no agradables como los de aquellas extrañas y en ocasiones absurdas formas del ejercicio del poder público, donde el ego y algunos excesos llegan a regir parte del actuar de los jerarcas políticos.

No olvida algunas sorpresas que le dio la vida en lo laboral y en el amor, unas veces por ingenuo, otras veces por desenfocado, y en ocasiones porque así es la vida. Ya en su vejez tiene conciencia de que perdió algunas oportunidades de discernir de mejor manera y tomó decisiones equivocadas, pero sabe también que logró mejorar en sus intentos por ser la mejor versión posible de sí mismo.

Los rasgos de vida que nos muestra Cice son tan comunes y terrenales, que pudieran ser de cualquier persona y de cualquier parte del planeta, incluyendo los habitantes de la Nación de la Independencia, en donde Random es la capital de la Provincia de Los Fuertes.

 

Sobre el Autor:

Homero de la Garza

Mexicano nacido en 1956, es Ingeniero Civil por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (1977).

Durante 42 años de ejercicio profesional ha combinado etapas entre el servicio público (18 años) y la empresa privada (24 años), en donde se desempeña ahora.

Después de muchos años anhelando escribir, en 2019 presenta su primera obra.

 

 

 

 

 

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Tu Pareja Ideal no es la "Perfecta"... es la Pareja Posible.

La posibiildad de consolidar y disfrutar plenamente una relación de pareja adecuada (para cada cual), algo único e irrepetible, es algo que depende fundamentalmente del compromiso personal y de contar con una estrategia apropiada. Ya lo decían los griegos, unos 400 años antes de cristo:

Lo que determina el verdadero éxito en cualquier acción, y que sea sostinible, es el método, la técnica y contar con

un procedimiento eficaz, tanto para objetivos personales como para cualquier otro logro que se aspeire obtener

Y esa ha sido la motivación esencial de este libro, vale decir: brindar al lector una posibilidad de llevar a la práctica una estrategia que le permita lograr su propio sueño de lo que signifique para cada persona ese concepto de "Pareja Ideal", y tal es efecto que se propone con las 7 Tareas que conforman el corazón estratégico de esta obra. En este sentido se pronuncia muy asertivamente el Dr. Juan Carlos Branger, a través del Epílogo que escribio para este libro: "Tu Pareja Ideal Son TRES". Creo que sus palabras lo explican mejor:

EPÍLOGO DEL LIBRO

Ha sido para mí un honor y un placer haber leído lo que considero, en mi humilde opinión como especialista en este tema de las parejas, el libro más actualizado, útil y pragmático de nuestra era sobre este importante tema… ¡Al fin! Ya hacía falta un texto que fuera tanto informativo como práctico y permitiera a la vez, a los afortunados de leerlo, tener una referencia para la cotidianidad, actualizada y visionaria de lo que verdaderamente es el amor de pareja, y lo que será en los tiempos que siguen avanzando, y para el futuro por venir… ¡EN HORABUENA!

Bajo mi óptica especializada en Psicoterapia de Parejas, y como Médico, sentí al leer este libro que me estaba “leyendo a mi mismo” en mis consultas; y de hecho, muchas frases utilizadas en esta obra, asertivamente, según mi criterio, las he venido utilizado con mis pacientes y están expresadas en forma similar en mi próximo libro; pero además, el sentido que este libro plantea con dichas frases, y en sus conceptos muy bien hilvanados, así como los ejercicios conductuales que se proponen para practicar lo que aquí se ha llamado “Las 7 Tareas” (base de la propuesta), y las visiones generales expuestas sobre el tema, son dignas de citarse como referencia bibliográfica, y merecen considerarse como aproximaciones teórico-conceptuales de los diversos asuntos sobre las parejas, y muy especialmente sobre la evolución de la vida en pareja. Definitivamente esta obra debería ser conocida por todos los interesados en el tema, y no puedo menos que aplaudir este maravilloso aporte.

De mi parte, seré de los primeros en compartir esta información, y la usaré con mis pacientes, pues no me cabe ninguna duda que esta obra titulada, muy adecuada y oportunamente: “Tu Pareja Ideal son TresTú, Yo y Nosotros”, es el libro que hacía falta en nuestra era. A través de un lenguaje simple pero profundo, y a la vez sencillo pero visionario, este libro revela muchos mitos y falsas creencias en torno al tema del amor y de las relaciones de pareja.

Siento también que el trato considerado de José y Lorena, respetuoso y sensible, con el que se dirigen al lector, permite vivir una experiencia nutritiva y edificante que todos deberían experimentar, aun cuando algunas personas no quieran tener pareja, ya que (cuando menos) les permitirá tener una acertada referencia de
lo que es saludable, si apareciera la oportunidad del amor en pareja.

Durante siglos se ha escrito sobre el amor y las parejas, pero era hora de actualizar el tema a la nueva realidad de las relaciones humanas. Esta obra será
de referencia obligatoria para mis pacientes, porque al corregir nuestros errores de concepto, podemos ‘limpiar el amor’ y compartirlo desde el lugar más sano
de nuestro ser, al cual nuestro instinto gregario-genético nos impulsa: ¡El Nosotros! 

Dr. Juan Carlos Branger.

Médico y Psicoterapeuta de Parejas.

Neurocientífico – LifeCoach & Mentoring.

 

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TU PAREJA IDEAL SON TRES

Hoy quiero compartir con ustedes en el inicio de este proceso editorial del libro "Tu Pareja Ideal Son TRES", el magnífico Prólogo que magistralmente nos regaló la Dra. Aleida Heinz, creo que es la mejor manera de comenzar a hablar de esta obra que tanto promete en ese asunto tan importante y valioso que es la Pareja.

PRÓLOGO DEL LIBRO

El amor es y será siempre un misterio en el cual no debe darse nada por sentado. Todos necesitamos amor en la vida, así que hay que tratar al amor con respeto, tanto el amor que sentimos y damos, como el amor que nos dan y recibimos. 

La tasa de divorcio y de gente sufriendo por amor está castrando el concepto de amor cada día, mientras que sentir amor y hacer el amor son de los mayores placeres de la vida. Hoy en día, muchas parejas alrededor del mundo no saben qué hacer ni como mantener el fuego del amor, eso que yo he definido como ‘Lust’ (sexo apasionado o lujurioso), como parte fundamental de mi nuevo concepto que he llamado “Lovex”, que por cierto es muy coincidente con lo que los autores llaman en este libro “Sexo con Amor”.

José Strongone y Lorena Araujo son unos apasionados investigadores del tema del amor, y de manera simple, objetiva y amena nos dicen que se puede amar y permanecer amando, pero con trabajo, lo que ellos han llamado en esta obra “Tareas”. 

Los autores en este nuevo libro, y bajo ese concepto que han identificado con el sugestivo título de “Tu Pareja Idea son TRES… Tú, Yo y NOSOTROS”, reúnen y dan forma a ciertos elementos críticos para el buen funcionamiento de la relación de pareja, precisamente a través de las mencionadas “Tareas”. Su propuesta es válida, pues ofrecen un modelo viable y fácil de ejecutar para conservar el amor romántico en la vida y una buena relación de pareja, y podría ser incluso esta propuesta una buena manera de mantener el “Lovex” con tu pareja.

Las 7 Tareas explicadas en este libro, y muy bien concebidas por los autores, pueden ayudarte a ti y a tu pareja a mejorar y a mantener el desafiante arte de hacer el amor con amor, aprendiendo y adoptando nuevos y mejores hábitos con los que ambos podrían crear una mejor vida sexual, y en general una mejor relación, a través de la curiosidad, la emoción y la dedicación, para mantenerse conectados y relajados, pero nunca aburridos.

Con una mente alerta y un corazón abierto, los invito a tener una vida en pareja más gratificante, satisfactoria, estable y apasionada, sin importar cuánto pueda durar, y sobre todo con mucho amor y buen sexo… ¡y hasta con un buen vino! Para brindar por el esfuerzo de José y Lorena en realizar “la tarea” de brindarnos su pasión por el amor a través de este acertado y oportuno libro. Nunca es tarde para amar y ser amado con pasión, con amor genuino y compromiso, y todo comienza por ti, al hacer del amor algo posible, grato y armónico; y en eso te podría ayudar este libro.

Aleida Heinz, Ph.D.

Board Certified Sexologist. Sexólogo Clínico. Charlotte, NC, USA.

Autora de “7 Sex Secrets” & “How the Internet Can Lead to Infidelity”

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El relato lo protagoniza Urma, una niña inca con dones premonitorios que les enseña a hablar a un Pichitanka y un Chuchiku, dos aves andinas que le cuentan sus vivencias; el Ayllu[i], al enterarse de ese hecho extraordinario, quiso oírlos y formó un Huñunakuy donde también son ponentes el Qoriqenqe y el Taparaku, enviados divinos que en sus intervenciones trasmiten al Kay Pacha[ii] los mensajes de las deidades que habitan en el Hanaq Pacha y el Ukhu Pacha.

Huñunakuy entrelaza tres tipos de relatos: Las exposiciones de las aves en su paso retrospectivo por el pasado de la civilización Inca; las de sus vivencias presentes y futuras en el otro hemisferio que es completamente diferente al suyo y que generan asombro e inquietud entre los asistentes, no obstante, las examinan en cada aspecto desde su Cosmovisión; y la vida diaria en el Tawantinsuyu, las costumbres de la época, sus retos y la continua expansión impulsada por sus gobernantes que concluye en el Pachakuti[iii], una profecía catastrófica según la cual el Imperio de los Incas sería destruido.

Waskar[iv], el último Inca, en su afán de evitar el Pachacuti convoca en el Qosqo[v] a los expositores del Huñunakuy y, por ellos se entera de la terrible situación de subdesarrollo y corrupción que avasallaría por siglos a sus descendientes. El Inca soluciona ambos problemas forjando el establecimiento de un Nuevo Imperio.

Huñunakuy, imbuido de los Principios andinos de Dualidad Complementaria, Equilibrio y Reciprocidad, nos muestra el modo de reconciliarnos con el mundo y alcanzar la paz y la prosperidad.

 

 

[i] Ayllu.- (quechua) Conjunto de familias ligadas por vínculos de sangre y divinidad tutelar, que conforman un núcleo de producción y distribución.

[ii] Kay Pacha, Hanaq Pacha, Ukhu Pacha.- (quechua) Los tres mundos de la Cosmovisión Inca.

[iii] Pachakuti.- (quechua) Es el tiempo en la cosmovisión Inca, descrito en un ciclo de cosmos (orden) y caos (transformación).

[iv] Waskar.- (quechua -ALQ-)  Duodécimo Gobernante del Imperio de los Incas.

[v] Qosqo.- (quechua -ALQ-) Cusco, capital del Tawantinsuyu.

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CARAS PINTADAS

EN EL

CENTRO CEREMONIOSO

Por: JORGE MESÍA HIDALGO

Dedicatoria: A la inquebrantable labor del Profesor Rubén López Hidalgo,

Investigador Amazónico, por descubrir los velos de la

Cultura Amazónica Sanmartinense.

 

Aquel sábado 20 de junio la ciudad amaneció con una lluvia de regular intensidad y, según informativos radiales, fue igual en casi toda la zona de San Martín. Empecé a tener un sentimiento de preocupación, ya que no cumpliría con la promesa hecha al Profesor Rubén, pero por otro lado, asomaba en mí un sentimiento de tranquilidad, ya que al otro día, precisamente el día Domingo 21 se celebraba el Día del Padre, y me quedaría en casa para recibir visitas y llamadas telefónicas saludándome por tan honroso día. Con el peso de estos sentimientos encontrados, llamé al Profesor Rubén, a media mañana, cuando la lluvia había amainado un poco. Grande fue mi sorpresa cuando el profesor me informó que en la ciudad de Lamas había llovido poquísimo y a esa hora estaba a punto de asomar el sol. Me alegré muchísimo y salí al patio trasero de casa a “soplar al cielo” en un intento de que la lluvia cejara por completo, tal como me lo habían enseñado mis padres y abuelos basados en creencias antiguas. Y, ¿qué creen que ocurrió?, pues nada más y nada menos, al cabo de diez minutos, la persistente llovizna que caía sobre la ciudad de Tarapoto, cejó completamente, dejando un cielo bastante despejado e invitándome a emprender el dichoso viaje. Más tarde, estando en Lamas, el Profesor Rubén me confesaría que, a la hora de mi llamada, la lluvia era torrencial en la Ciudad de los Tres Pisos, calmando completamente después del medio día.

—Hermano, fue una pequeña mentira de mi parte, para que te animaras a venir, —me dijo, dándome un abrazo fraterno.

Más tarde, promediando las cuatro de la tarde, de aquel sábado 20 de junio, hacía mi ingreso a la ciudad de Lamas. Debo confesarles, quizás porque soy natural de tan bella ciudad, que para mí es un placer llegar a ella. Para empezar, desde antes de ver su agraciada geografía, desde la entrada por el Barrio Zaragoza, es un placer sentir su fresco y por ratos frio clima, ver hermosos paisajes en todas las direcciones que orientes los ojos, el majestuoso río Mayo y la impresionante y populosa ciudad de Tarapoto. Luego, avanzando por la carretera, ver el hermoso Barrio de Zaragoza y a un costado el Barrio Suchiche que conforman el primer piso natural de la “Ciudad de la Santísima Cruz de los Motilones” como la llamó su fundador el español Don Martín de la Riva y Herrera. Adentrándose en la ciudad, siempre en pendiente, hasta las proximidades de la Plaza de Armas, empieza la zona plana, denominándose esta parte como el segundo piso. Unas dos o tres cuadras más allá, siguiendo la principal calle de la ciudad empieza la otra pendiente, dando inicio al tercer piso, culminando en la cumbre del cerro donde se encuentra ubicada esta bella ciudad. La casa, pequeña pero acogedora, del Profesor Rubén se encuentra prácticamente en el segundo piso. Me sorprendió gratamente encontrar, en la residencia del Profesor Rubén un buen número de personas, en su mayoría jóvenes, todos entusiastas, que preparaban papelotes escribiendo mensajes de agradecimiento a la naturaleza, al sol, la tierra y toda expresión del medio ambiente, tan sano y puro, aún, en esta parte de la Amazonía Peruana. Son pocos los jóvenes que me reconocieron al ingresar al interior de la residencia, podría decir, incluso, que ninguno de ellos sabía de mi relación familiar con Rubén López, es más, estoy seguro que todos me tomaron como un curioso más que acompañaría a la delegación en expedición de visita al Centro Ceremonioso.

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EL PODER VACANTE

EL LLANO CON IDEAS PARA GOBERNAR

 

Por: JORGE MESÍA HIDALGO

En el Perú, a finales del año 2004, y por qué no decirlo, a lo largo de todo el año, se leía en los periódicos titulares increíbles, en la televisión, en primera plana, anuncios sorprendentes, acerca de la “posibilidad de vacancia presidencial”. Es decir, en palabras sencillas y comunes, que el presidente deje de ser presidente y ocupe su lugar otro con más aptitudes. En buen lenguaje popular, el presidente debería ser despedido por inepto. Muchos no podían creer que eso estaría ocurriendo en el país. Hasta entonces, el ciudadano que llegaba a ser elegido presidente, se investía de poder y mando, que hablar públicamente mal de él, costaba sanción y castigo. Sin embargo, la “clase política” de entonces, con una ingrata experiencia anterior inmediata y heredera de constantes y elocuentes fracasos de gobernabilidad, echaba mano de una serie de malos hábitos y los expresaba a los grandes medios sin ninguna consideración y respeto a la población que, con sus votos, les había otorgado tal privilegio. A tal punto que, una vez faltado el respeto al pueblo que los eligió, los volcaría contra el propio presidente, a vista y paciencia de todos.

Bien se podría imaginar, que tanto bochorno e insensatez en nuestra más alta clase política, terminaría por llegar a las masas en formas más sencillas pero al cual más descabelladas e increíbles. El ciudadano común y corriente que optaba por hacer carrera política, si bien, un tiempo atrás, se preocupaba por pulirse y dar muestras de comportamiento correcto, para ese entonces sólo ansiaba llegar a las esferas del poder, tal como era en su vida normal, aduciendo transparencia y sencillez, pero con ideales de enriquecimiento y poder para hacer lo indebido.

 

* * *

 

Don Miguel, el Profesor Jubilado

Una tarde de esas, cuando el sol ya se había ocultado, luego de un día intenso de luminosidad y calentura, y comenzaba a soplar una brisa suave en la ciudad de Tarapoto, aún con rezagos del sofocante calor que llega a alterar los nervios y el cuerpo siente languidecerse por la pérdida abundante de líquidos, salí como muchos otros a buscar aire fresco que alivie tal sensación. El lugar elegido, la plaza de armas, como lo llamaban antes, hoy, por situaciones de modernidad o actualidad o quién sabe por qué, le llaman plaza mayor. Ya antes, cuando era niño, con la denominación de “armas”, creía que en dicha plaza encontraría armas, pistolas o cosas así. También creía que allí se reunían personas que portaban armas de verdad, para enfrentarse unos a otros. Muchos de mis contemporáneos, amigos y no amigos, pensaban como yo. Nuestros padres, escasos de instrucción y conocimientos, no podían darnos una explicación esclarecedora. Aún hoy, con la denominación de “mayor”, muchas personas, no sólo niños, están confundidas. Por mayor se piensa que es la primera que fue construida, o es la más importante de la ciudad o, también que es la más grande de todas, aunque esta última idea queda descartada, porque conocemos plazas menores que son mas grandes que la mayor. En fin, muchos ciudadanos estamos esperando que la persona que ideó o “construyó” ese nombre, lo esclarezca debidamente.

 

Ahí, en medio de mucha gente con las mismas ansias mías, llegué justo a tiempo para encontrar un pequeño espacio en una de sus bancas centrales. Me senté. Las bancas eran de madera, no muy cómodas. Alguien con mala intención o sin criterio de que ellas sirven para descansar, las fabricó con maderas muy delgadas y separadas unas de otras. De manera que en unos minutos, cinco a lo máximo, te empezaban fuertes dolores en las posaderas que te obligaban a cambiar de posición constantemente. Afortunadamente las poses se agotaban cuando ya te habías refrescado lo suficiente, entonces, rendido ante tanto maltrato de la posada de las cuatro letras, te ponías de pie para caminar entorno del obelisco o caminar de regreso a tu domicilio.

 

Estando ya sentado, rápidamente llamaron mi atención varias mujeres amas de casa o cuidadoras de niños, paseando a infantes en coches descubiertos para que los pequeños se refrescaran. Otros niños, un poco mayores, divirtiéndose en sus bicicletas. Una que otra pareja con sus críos de la mano caminando en rededor de un descuidado obelisco. Los demás, mayores en su totalidad, sentados en las bancas de madera.

 

—Mucho calor ¿no joven? —escuché la pregunta. Inmediatamente volví la mirada hacia aquella persona, dudando si se dirigía a mí o a otra persona, porque a mis cuarenta y ocho años no tenía nada de joven, tan sólo el espíritu.

—Sí, señor, demasiado —le respondí al constatar que era a mí a quien se dirigía, ya que a su otro costado tenía una pareja que amenamente conversaban y acariciaban de rato en rato.

—Debemos estar a treinta y cuatro grados más o menos —calculó el señor de pelos canos y vestir sencillo y elegante. Estimé que tendría sus setenta años y obviamente concluí, que por esa diferencia de edad, veía en mí a una persona joven.

—Sí, más o menos —respondí parcamente. No soy persona de mucho hablar. Me gusta la tertulia pero acompañado de alguna copa de licor.

— ¿Usted es de acá, joven? —me preguntó seguidamente, en una abierta demostración que deseaba conversar con alguien, de lo que sea.

— ¿Usted qué cree?, ¿Parezco de acá? —me animé a repreguntar, entrándole a su descarado interés de armar charla.

—Bueno —dijo observándome muy atentamente— no, no es de acá, es blanco, bien parecido y hasta debe tener los ojos claros ¿no?, los de acá no somos así.

—Ja, ja, ja —reí un poco forzado, para dar seguridad y confianza a la conversación entre dos desconocidos— Que buen observador es usted, no soy de acá, soy de Lamas.

— ¿Lamas?, ja,ja,ja —rió de buena gana, sorprendido— de acá cerca nomás, creí que era de la costa.

—No, no, soy de Lamas, la capital folclórica —repliqué.

—Ajá, ¿Ingeniero?, ¿Doctor?

—Empleado público, y escritor en mis ratos libres y de buena gana —respondí.

— ¿Ajá?, caramba, que bien, mi nombre es Miguel, soy profesor jubilado, tengo 72 años —dijo a modo de presentación tardía, tendiéndome la mano.

—Mucho gusto señor —dije estrechándole la mano— mi nombre es Jorge.

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Don Antenor y Don Pedro, el “Jarra”           

 

Una mañana acudí, acompañando a mi esposa, al mercado más grande de la ciudad a realizar algunas compras. El popular “mercadillo” como lo conocían todos, estaba, como siempre, muy agitado. Así se siente desde una cuadra antes de ingresar en él. Recorrerlo da la sensación de encontrarse en uno de esos mercados populares que existen en las grandes ciudades. Los comerciantes, en su mayoría, inmigrantes de otros lugares de la sierra y costa del Perú y su parte de oriundos de la selva, hacen que éste centro de abastos, ponga a disposición de los consumidores productos de las tres regiones naturales del país.

 

Aquel día, llevé conmigo mi motocicleta importada. Importada no porque podía darme el lujo de adquirirla del extranjero, sino porque no las fabricaban en el país, apenas las ensamblaban en algunas ciudades importantes. De tal manera, que por cuidar, mi movilidad, de los amigos de lo ajeno, tuve que esperar en las afueras del mercado. Me estacioné justo frente a una cantina de mala muerte que expendía licores de todo tipo. Mi intención era esperar todo el tiempo necesario en la motocicleta, sin embargo el inclemente sol, hizo que me refugiara en aquel bar. Estaba relativamente vacío, excepto por dos personas, una que supuestamente era el expendedor, un señor mayor, que estaba sentado junto a una mesa pequeña con unos botellones semivacíos de algún tipo de licor, cada uno de un color diferente. Otra persona sentada sobre un banco redondo, en aparente tertulia con el expendedor.

 

—Disculpe señor —dije, desde la puerta— ¿Me permite un banquito para sentarme mientras espero a mi esposa?

—Claro joven, siéntese nomás —me respondió el que suponía era el expendedor y obviamente el dueño.

—Muchas gracias, disculpe la molestia.

—No es ninguna molestia —dijo el hombre del bar acercándose a mí— Muchos hacen lo mismo, de esa manera cuidan sus motos.

—Sí, pues —respondí parcamente queriendo cortar aquel diálogo. Pues lo único que quería era observar desde aquel punto de vista, el movimiento vehicular, peatonal y comercial del gran mercado, y lógicamente vigilar mi motocicleta.

 

El buen señor, aparentemente se dio cuenta de mi intención, y se metió nuevamente a ocupar su lugar junto a la mesa de los botellones, sin decir nada. Sonriendo. Antes de llegar a su sitio, el otro personaje le dijo:

—Ponle otros veinte, “masha”.

—Ya —respondió el llamado “masha” y le sirvió un poco de licor en un vaso de vidrio. El solicitante lo bebió ávidamente, de un sólo trago. —Ya es suficiente —dijo el expendedor.

—Ajá, ya está bueno, ahora sí a trabajar hermano —dijo el hombre poniéndose de pie y sacudiendo los brazos y las piernas.

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NOVELA: ¿A QUIEN AMA LA SEÑORA LAU? (Extracto)

 

¿A QUIÉN AMA, LA SEÑORA LAU?

Por: JORGE MESÍA HIDALGO

 

En el interior del terminal aéreo limeño me sorprendí aún más. Luces por todos lados, avisos luminosos de colores, el piso brillante como un espejo y resbaladizo para mis rústicas costumbres. Lograron ponerme muy nervioso. Estaba a punto de cubrirme nuevamente el rostro, cuando, para mi buena fortuna, alguien pronunció mi nombre.

— ¿Alberto?, ¿Alberto Maderos?

Miré apresuradamente a esa persona, que, con sus palabras, me lanzaba un salvavidas, en ese angustioso momento.

— ¡Sí, soy yo!, —casi grité, al responder.

Era una mujer de mediana edad, el pelo pintado rojizo, un poco gorda y piel blanca. Sonreí, nervioso y ansioso.

—Hola, hijito, soy tu tía Maricruz. —me dijo, dándome un beso y un abrazo cálido. —Dios mío, estás temblando, sientes mucho frío, ¿no?

 Asentí. En realidad no sentía tanto frío, sino tuve un ataque de nervios. Por eso es que no quise soltar a la tía Maricruz cuando me dio el abrazo.

—Ven, hijo, ponte este abrigo y vamos a recoger tus cosas, ¿traes equipaje?

—Ajá, una pequeña maleta. —respondí. Me tomó de la mano y me condujo al área de entrega de equipajes. —Gracias, tía, por venir a recibirme, estuve a punto de gritar de los nervios, no sabía qué hacer.

—Me imagino, hijito, a mí me pasó igual cuando vine la primera vez. Estuve distraída por eso no me presenté antes.

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Cuando me encaminaba para seguir por el jirón de la Unión, escucho un silbido al costado mío, vuelvo la mirada y me encuentro con un hombre, no mucho mayor que yo, que me hace una señal con la mano. Me acerco.

—Hola, guapo, ¿Buscando compañía?, —me preguntó.

Me sorprendió. De cerca tenía un aspecto extraño, una actitud diferente y la mirada esquiva.

—Estoy buscando trabajo, —respondo, inocentemente. El hombre carraspea y sonríe abiertamente al notar mi acento selvático.

—Yo te puedo dar trabajo, ¿qué tipo de trabajo deseas?, —me dice, siempre mirando hacia diferentes lugares y tratando de tomarme la mano. Instintivamente doy un paso atrás. El hombre se pone serio.

—Disculpa, en serio, ¿de dónde eres?

—De la selva, de Tarapoto, de San Martín.

—Ah, disculpa de verdad, yo creí que eras de esos chicos que vienen a buscar compañía, en serio discúlpame, amigo, yo también soy de la selva, soy de Loreto, de Iquitos.

—¿Así?, ¿también buscas trabajo?

—Más o menos, —me responde. Yo sonrío.

—Bueno, por lo visto acá no hay nada, iré a caminar por el jirón de la Unión, de repente ahí encuentro algo.

—Espera, ahí no encontrarás nada, sólo gente que va y viene y tiendas por todos lados, ¿conoces el jirón?

—No, voy a conocerlo ahora, —respondo; él me toma del brazo.

—Te acompaño, pero de ahí nos vamos por la calle Capón, en el barrio chino, ahí sí hay trabajo de verdad.

Acepto y lo sigo, sin tomar ninguna precaución de que podía ser un engaño. Creí en sus palabras, le agarré cierta confianza cuando me dijo que era de Loreto y caminé con él, por el jirón de la Unión.

—Oye, si sabes que en la calle del barrio chino hay trabajo, ¿qué hacías parado ahí en la plaza San Martín?, —le pregunto mientras caminábamos por el afamado jirón.

—¡Anda!, ¿en serio, no sabes?

—¿Qué hay que saber?. —Él ríe a carcajadas.

—¿Cuándo viniste de la selva?

—Estoy acá desde enero.

—¿Cuántos años tienes?

—Voy a cumplir diecinueve. —Vuelve a reír de buena gana. Yo también río, contagiado.

—Eres bien pichón, pata, seguro ni sabes de los trabajadores sociales.

Lo miro, interrogante. Él me mira y vuelve a reír con más fuerza. Yo callo y miro hacia las tiendas. Me estaba cansando con sus preguntas y sus misterios. Habíamos caminado varias cuadras y empezaba a agotarme.

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NOVELA: PABLIKA, El Jardín de los Claveles (Extracto)

 

PABLIKA: El Jardín de los Claveles

POR: JORGE MESÍA HIDALGO

Pablo Luis se detuvo bruscamente en medio del camino. Había dejado la motocicleta en la entrada del pueblo, al cuidado de don Jacinto, un señor muy amable que vendía sandías junto a la carretera. El camino hacia la casa de sus padres, a unos cien metros, estaba húmedo y resbaloso, dificultando el tránsito. Seguro que llovió la noche anterior. Los alrededores estaban deteriorados. La casa vieja, despintada, desmejorada y el empedrado, desaparecido. Se había convertido en la típica casa de las afueras de la ciudad de Huaral, rodeada de verdor y jardines mal cuidados. Pero más que las dificultades que encontraba para caminar ese trecho que antes era empedrado, haciéndolo más transitable para todos, incluso para los más ancianos como sus abuelos ya fallecidos, eran los recuerdos, que en esos momentos acudían a su mente, lo que lo detuvieron a contemplar la casa desde cierta distancia. Estaba vestido con lo más masculino que su amigo Filder pudo conseguirle. Aun así, temía que sus facciones aniñadas y sus gestos de gay lo traicionaran. Sus ojos se llenaron de lágrimas y un nudo gigantesco se le formó en la garganta haciéndole soltar gemidos grotescos, que salían a borbotones desde su estómago. 

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“FERMÍN”

— ¡Hey, Pablo, ¿estás en casa?—escuchó la voz de Fermín.

— ¡Sí, voy, un momento!—respondió desde el interior.

Pablo Luis y Fermín son compañeros de estudios y amigos desde el año anterior. Fermín llegó a la ciudad, desde el norte, por motivos de trabajo de sus padres y desde el primer momento que se presentaron, Pablo Luis sintió un flechazo en su corazón. Fermín, en su parecer, era hermoso, ojos soñadores de color verde, una sonrisa bella, cuerpo atlético y sobre todo eran de la misma edad. A Fermín le pasó lo mismo, pues le fue difícil retirar la mirada de la mirada de Pablo Luis, tanto que casi fueron descubiertos en ese instante por sus compañeros. Desde entonces llevaron una amistad muy fuerte, muy unida.

Pablo Luis recuerda que desde que cumplió los doce comenzó a sentir atracción por los chicos. Tenía un vecino, dos años mayor, que le tenía atormentado. Soñaba con él casi todas las noches. Lo imaginaba, aún despierto, en situaciones lujuriosas que, en muchas ocasiones, humedecíany manchaban sus calzoncillos y las sábanas de su cama. Afortunadamente, durante las vacaciones, el vecino viajó y fue un alivio para Pablo Luis, porque cuando regresó, todo el atractivo libidinoso que sentía por él,se había esfumado. Hubo otros chicos que también interfirieron en su vida, pero sólo de vista y por temporadas. Pablo Luis jamás se atrevió a manifestar sus sentimientos a nadie. Ni siquiera a su madre, a quien quería con devoción y tenía plena confianza, pero que, en ocasiones le escuchó comentarios con destellos homofóbicos, y eso, de alguna manera, le aterraba.

—Hola, chico bello —dijo, en voz baja, a su amigo Fermín, cuando abrió la puerta. Fermín se estremeció y puso cara de loco—no te asustes, mamá se fue al mercado y papá en su trabajo.

— ¿Y tus hermanos?

—Durmiendo, ya sabes que el día sábado nos permiten dormir hasta tarde—respondió, Pablo Luis, y cerrando la puerta se abalanzó a abrazar y a besar a Fermín, quien correspondió plenamente.

— ¿Está todo listo?—preguntó, Fermín.

— Claro, y veo que tú no trajiste tus cosas.

—Lo traigo en seguida, vine a ver primero si todo estaba bien, ¿Desayunaste?

— Sí, ¿Y tú?

—También, entonces voy por mis cosas, mira que ya van a ser las nueve y debemos estar de regreso antes de las cinco—dijo, Fermín y se acercó a besarlo nuevamente.

En seguida salió para dirigirse a su casa y traer las cosas que tenía que llevar al paseo. Pablo Luis lo vio desde la ventana alejarse en su bicicleta. Sonrió repasando la lengua por sus labios, recordando el apretado beso que le dio su amigo, Fermín.Luego, se dirigió a su habitación y tomó un maletín que tenía preparado para llevar al paseo.

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“EL PASEO”

Aquel día del paseo sería diferente. El campo siempre ofrece más espacios para estar juntos o solos. A veces un chubasco repentino o un sol inclemente, hace que, de a dos, se busque un lugar para refugiarse. Ambos iban acompañados de cinco compañeros de estudios, dentro de ellos, tres mujeres. “Será único abrazar el cuerpo desnudo de Fermín”, pensaba, Pablo Luis, cuando, de repente, sonó el timbre. Era él, precisamente, y traía consigo su mochilade color celeste, el color que más le gustaba. Se apresuró a abrir la puerta. Fermín le entregó la mochila mientras él guardaba la bicicleta en el garaje. Luego, casi corrió para la puerta, pensando en estrechar, nuevamente, a Pablo Luis en un abrazo y un beso, éste lo esperaba en la puerta y le advirtió que su mamá había regresado del mercado.

— ¿Está todo listo?—preguntó, angustiado, tratando de disimular su ímpetu de abrazarlo.

—Ajá, sólo falta la carpa, lo llevaremos en caso que llueva, está atrás, ¿me acompañas a traerlo?—dijo, Pablo Luis, guiñándole el ojo.

Se dirigían al lugar, cuando, de pronto, apareció doña Elena, la mamá de Pablo Luis.

—Hola, Fermín.

—Hola, señora Elena —respondió, él, notablemente sorprendido.

— ¿Insisten en realizar ese paseo?, ¿Y lo harán caminando?, realmente me parece peligroso, desde el inicio no estuve y no estoy de acuerdo—dijo, doña Elena.

—No se preocupe, señora Elena, en el grupo hay dos compañeros que sí conocen, serán nuestros guías.

Doña Elena hizo un gesto de complacencia y se dirigió al interior. La mamá de Pablo Luis era bastante joven, muy atractiva y vestía modernamente. Casi de inmediato, Fermín siguió a Pablo Luis a la parte posterior de la casa, donde había un cuarto pequeño convertido en depósito de herramientas, para recoger la carpa que llevarían al paseo.Ninguno de los dos se dio cuenta que doña Elena iba detrás de ellos a regular distancia. Cuando los chicos, en su parecer, estaban solos, se entregaron a los abrazos y besos apasionados. Expresiones de amor y cariño brotaban de ambos. Fue en esas circunstancias que los vio doña Elena. En el acto se frenó en su avance. Los contempló por unos segundos y se llevó la mano a la boca, para tapar un posible grito de sorpresa. Acto seguido, como una autómata, giró el cuerpo y regresó sobre sus pasos y fue directo al cuarto de Manuel, el hermano menor de Pablo Luis. Sentía un fuerte dolor en el pecho, a la altura  del corazón.

Cuando Pablo Luis y Fermín se agotaron de los besos y abrazos, tomaron la carpa y se dirigieron a la parte frontal de la casa, ahí ya se encontraban los demás integrantes del grupo, listos para partir. Pablo Luis avisó a Fermín que entraría a despedirse de su mamá.

— ¡Mamá, ya nos vamos!—gritó desde la puerta. Al no escuchar respuesta, ingresó a buscarla—¡Mamá, ¿Dónde estás?, ya nos vamos!—volvió a gritar.

— ¡Está acá, en mi cuarto!—escuchó la voz de Manuel. Trató de ingresar a la habitación pero estaba con seguro —¡Dice que te vaya bien, sólo quiere descansar un poco!

— ¡Ah, ok, en la tarde estoy de regreso!, ¡Nos vemos, mamá, chao, Manuel!

Esperó a escuchar una respuesta, pero sólo hubo silencio, luego se encaminó a reunirse con sus amigos para emprender el paseo. Todos pronunciaron a viva voz un, “¡Chao, señora Elena!”, y partieron.

 

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NOVELA: EL ROJO CANDOR DEL PASADO (Extracto)

 

EL ROJO CANDOR DEL PASADO

 

Por: JORGE MESÍA HIDALGO

 

Más allá divisó una gran puerta, inmensa, para ella. Se acercó. Las luces de las casas casi no llegaban a ella. Pudo darse cuenta que estaba hecha con maderas angostas entrecruzadas, que dejaban espacios por donde se podía mirar al otro lado. A través de uno de ellos pudo ver al interior, estaba oscuro, pero claramente se distinguía un barco enorme, y otros, más pequeños, también. —“Este es el puerto”, —pensó. Siguió mirando sin percatarse que a su lado llegó alguien.

—Hey, debes retirarte de acá, —escuchó la voz de un hombre. Linda saltó del susto. Miró y se dio cuenta que era un muchacho. Sin decir palabra alguna, retrocedió unos pasos hasta casi caer de espaldas al tropezar con un montículo de tierra. El muchacho vestía de una manera peculiar: camisa manga larga con unas orejas en los hombros y pantalones holgados, unas botas que le llegaban hasta la rodilla y en la cabeza un gorro grande que colgaba por un lado. Toda la indumentaria de color gris oscuro. —¡Cuidado!, no te asustes, sólo retírate hacia allá, —indicó, el muchacho, señalando la calle iluminada por las lámparas de las casas.

— ¿Tú cuidas el puerto?, —preguntó, Linda, desde cierta distancia.

—Ajá, soy marinero, dentro de un rato termina mi turno, vendrá otro a reemplazarme, —contestó.

— ¿Marinero?, ¿qué es marinero?, —preguntó, Linda. El muchacho sonrió.

—¿De verdad no sabes o me estás tomando el pelo? —Linda  movió la cabeza negando. — ¿Cuántos años tienes?

—Ya voy a cumplir doce, —respondió, ella. El Muchacho marinero volvió a reír, esta vez, con más ganas.

—No jorobes, —dijo, en voz baja y se encaminó hacia una especie de cuarto pequeño que había al costado de la gran puerta.

— ¿Tú manejas el barco?, —preguntó, Linda, casi gritando. El muchacho se acercó a ella con paso firme.

—No grites, muchacha, y aléjate de acá, además, es peligroso que estés andando sola en este lugar, —dijo.

—No sé a dónde ir, no encuentro a mi tía Mabel, —respondió, Linda, —con ella voy a viajar a Iquitos, ¿tú manejas el barco?, —volvió a preguntar.

—Mejor cállate, muchacha, el barco no se maneja, el barco se navega, ¿entiendes? —Linda movió la cabeza negando y afirmando a la vez. El muchacho marinero sonrió. —Ah, ya entiendo, no eres de acá, ¿eh?. —Ella afirmó con la cabeza. — ¿De dónde eres?, —preguntó, él.

—Mi pueblo queda lejos, un día caminando y dos días en balsa, —respondió, Linda.

— ¿Y, has venido sola?

—No, he venido con mi tía Mabel, con ella voy a viajar a Iquitos.

— ¿Dónde está tu tía?, —preguntó, él.

—No sé, no la encuentro desde la tarde, —respondió, Linda. El muchacho se le acercó un poco.

—Mira, yo te voy a ayudar a encontrar a tu tía, espérame allá, siéntate en esa vereda, en cuanto vengan a reemplazarme vamos a ir a buscarla, ¿está bien?

—Ajá, está bien, —dijo, ella, y fue a sentarse donde, el muchacho, le había indicado.

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Corría una brisa fría en aquella parte del puerto. Linda comenzó a sentir frío y no tenía con qué abrigarse. Cruzó los brazos y arrimó el mentón en las rodillas, sentada en la vereda que el muchacho marinero, le indicó. De pronto lo vio acercarse.

— ¿Ya ves?, ya estoy libre, —dijo, al llegar a su lado. Linda sólo lo miró. Estaba tiritando de frío, sin ánimo de hablar ni levantarse, siquiera. —Vamos, —le dijo, él, tomándole del brazo. —Pucha, estás helada, vamos a mi cuarto te daré una camisa gruesa manga larga, ¿quieres?, —dijo, el muchacho. Ella apenas movió la cabeza y se dejó llevar. Él la abrazó, tratando de cubrirle los brazos, para abrigarla un poco. —También te darás un baño porque hueles mal, — dijo, el muchacho, al tenerla cerca, —¿De verdad vas a cumplir doce años?, —preguntó, de pronto.

—Ajá, —respondió, ella, sin inmutarse.

— ¿Cómo te llamas”, —preguntó, él.

—Linda Fuerza, —alcanzó a pronunciar, ella.

— ¿Linda Fuerza? —repitió, él, riendo— Parece que no tienes nada de fuerte, más pareces un delicado pollito. —comentó y siguió riendo.

— ¿Tú, cómo te llamas?, —preguntó, Linda.

—Manuel, —respondió, —pero no te voy a decir mi apellido porque te vas a reír.

Linda movió la cabeza sonriendo, por primera vez se sentía segura, al lado de aquel extraño, que empezaba a conocer.

— ¿Cuántos años tienes?, —le preguntó, arrimando un poco la cabeza sobre el hombro del chico marinero.

—Voy a cumplir 16 el próximo mes. —Linda lo miró con una sonrisa.

— ¿Cómo te has hecho barquero?, —preguntó. El muchacho rió fuerte.

—Soy marinero, no se dice barquero, —corrigió y siguió riendo de buena gana. Siguieron caminando hasta llegar a una casa, en una calle adyacente, —aquí vivo, —dijo, Manuel, el chico marinero, al abrir la puerta.

 

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Cuento: El Pintor de la Aldea.

 

EL PINTOR DE LA ALDEA

Por: Jorge Mesía Hidalgo

Era el pintor más cotizado de la aldea. Lo buscaban y lo contrataban desde los pueblos aledaños y de un poco más allá también. Don Pablito se caracterizaba por hacer muy buenos trabajos con los cuales dejaba a total satisfacción a sus clientes. En las décadas de los cincuentas y sesentas, Don Pablito con sus cincuenta y dos años, “clavados”, como él mismo decía, recorría la Amazonía peruana brindando sus servicios de alta calidad. Don Pablito no se preocupaba de pasajes, hospedaje y alimentación, porque aquel que lo contrataba, ya sea de pueblos cercanos o lejanos, tenía que correr con esos gastos. Él sólo brindaba su servicio con el aporte de su gran talento para la pintura dejando con la satisfacción total a todo cliente que lo contrataba.

Don Pablito era un poco bohemio. Algunas noches se le veía por el centro del pueblo, iba de cantina en cantina, tomándose sus tragos y cantando algunas rancheras que en esos tiempos estaban de moda. Una canción que le caracterizaba, porque era su preferida y en cada ocasión la cantaba, era “Flor sin retoño”. Lo ponía tan nostálgico que en muchas ocasiones lloraba evocando, quién sabe qué cosas vividas. Pero Don Pablito era un caballero, jamás se le encontraba en una discusión acalorada y menos en peleas y escándalos callejeros, lo que le convertía en un personaje querido y respetado.

Cierta vez arribaron al pueblo dos personas adultas. De vestir estrafalario, melenas largas y desgreñadas. Uno de ellos extremadamente blanco y de ojos de color azul intenso. El otro más oscuro de piel sin llegar a moreno y color de ojos negros como el azabache. Ambos cargaban sendas mochilas, al parecer muy pesadas, las mismas que depositaron sobre una banca de la plazuela del pueblo. Como era de imaginarse, ni bien los foráneos pusieron pie en suelo aldeano, muchos curiosos, hombres y mujeres, se acercaron a ellos para indagar su procedencia y el motivo de su presencia en el pueblo.

—Hola, niños, ¿Por qué me miran tanto? —preguntó el de piel blanca a dos niños que se acercaron incluso a palpar con sus dedos la piel del extraño.

—Les llama mucho la atención el color de tu piel —comentó, su compañero.

Ambos rieron de buena gana. Entre los curiosos que rodeaban a la pareja de visitantes, se encontraba Don Pascual, la autoridad de la aldea. Autoridad porque, según él, había recibido una carta del gobierno central designándole su representante en el pueblo. Todos le creyeron aunque nunca había mostrado el susodicho documento.

—Buenos días, señores, como autoridad del pueblo les doy la bienvenida y debo pedirles, muy respetuosamente, sus identificaciones. —dijo, Don Pascual.

Ambos hombres sonrieron al saludar a la autoridad e inmediatamente extrajeron de sus mochilas los documentos de identificación solicitados por Don Pascual.

— ¿Qué autoridad tiene usted, señor? —preguntó, uno de los viajeros.

—Ah, mi nombre es Pascual Buenaventura y soy presidente del pueblo, señores. —respondió, orondo, Don Pascual— ¿De dónde proceden, caballeros?

—Acá tiene nuestros documentos, yo soy de Bolivia y mi compañero es de Uruguay. —dijo, el de tez oscura.

—Ah, muy bien, ¿Y a qué se dedican, señores?

—Somos pintores, señor presidente, hemos venido a hacer algunos trabajos con la naturaleza de esta región que nos parece extraordinaria.

Don Pascual, al escuchar la explicación de los visitantes, se rascó la cabeza. Los miró fijamente y tomándose la barbilla, les dijo:

— ¿Están seguros de lo que van a hacer, señores?, porque acá tenemos un extraordinario pintor y siendo yo la autoridad  no me enteré de esos trabajos que van a hacer en la naturaleza. —dijo, don Pascual.

— ¿De verdad?, qué bueno conocer a un colega. —Dijo, el uruguayo— ¿Cómo se llama el pintor? ¿Podemos conocerlo?

—Claro que pueden conocerlo, se llama Pablo, pero todos acá lo conocemos como Don Pablito, es un maestro en su arte, es sencillamente extraordinario. —se explayó en halagos, Don Pascual.

Los extranjeros se miraron y pidieron a Don Pascual les conduzca a conocer al excepcional personaje, pintor como ellos. En el trayecto, camino a la casa de Don Pablito, el presidente del pueblo seguía resaltando las cualidades y virtudes del pintor de la aldea. Cuando arribaron a la casa de Don Pablito, encontraron a éste, sentado sobre una mecedora en el umbral de su casa.

—Buenas tardes, Don Pablito, disculpa la molestia, estos dos caballeros extranjeros, pintores como usted, quieren conocerlo. —dijo, Don Pascual.

Don Pablito, que en esos momentos dormitaba un poco, se sobresaltó ante la intromisión inesperada del presidente del pueblo. Vestía sobriamente una camisa manga larga color celeste, pantalón azul y unas chancletas de cuero que había comprado en uno de sus viajes a realizar su trabajo. Casi de inmediato, se puso de pie y sonrió para disimular, un poco, lo tenso que le puso la visita sorpresa.

—Buenas tardes, Don Pascual, caballeros. —hizo una pequeña reverencia, Don Pablito— ¿En qué puedo servirles?

Ambos extranjeros se acercaron a dar la mano a Don Pablito, haciendo una reverencia en respuesta al saludo del gran pintor de la aldea.

—Es un honor conocerlo, maestro. —dijo, el boliviano— Acá el presidente del pueblo nos comentó maravillas de su arte, y quisiéramos platicar un poco con usted acerca de las técnicas que aplica y la corriente a la que pertenece.

Don Pablito que mantenía una sonrisa parsimoniosa hasta ese momento, hinchó el pecho para decir.

—Bueno, las técnicas que aplico son simples, hay que disolver correctamente la tierra blanca y aplicar la ceniza y el carbón molido justo en su medida para lograr el tono adecuado, y lo otro, no pertenezco a ninguna corriente, porque acá no hay, ¿Saben?, pero en la última ciudad que fui a trabajar, ahí sí pasa un río grande, a esa corriente quisiera pertenecer. —dijo, Don Pablito y comenzó a reír jactanciosamente.

Los dos extranjeros se miraron atónitos. También miraron al presidente del pueblo quien sonreía con el pecho henchido de emoción de escuchar la exposición maestra que hizo Don Pablito, el pintor de la aldea. Volvieron a mirar a don Pablito.

—Maestro, pero, ¿Qué pinta usted? —preguntaron, los visitantes, al unísono.

—Se podrán dar cuenta en el pueblo, ahí está toda mi obra, yo pinto casas, señores. —dijo finalmente y volvió a sonreír, orondo.

Los dos extranjeros no hicieron más que soltar sonora carcajada y celebrar junto con el pintor de la aldea y el presidente del pueblo, tremenda ocurrencia.

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Cuento: El Indiano

 

EL INDIANO

Por: Jorge Mesía Hidalgo

Cierta vez arribó al pueblo un circo. Por el comentario de la gente sabíamos que era de Brasil. Nadie había visto llegar el cargamento, pero el circo ya estaba en el pueblo. Todos los pobladores salían a las puertas de sus casas cuando el bando pasaba anunciando al:

“Circo más grande de América”, “Vea en acción a los mejores trapecistas”, “Feroces animales de África totalmente amaestrados”, “Vea en persona al hombre más grande y fuerte del mundo”, y otras cosas más iba vociferando el pregonero.

Sabíamos también que sólo harían una presentación, ya que estaban de paso a la ciudad de Yurimaguas e Iquitos para retornar a su país. En aquellos días los circos se presentaban a plena luz del día, pues las lámparas de aceite no eran suficiente para verlos en la noche.

Un grupo de amigos decidimos ir al circo. El día de la presentación el espectáculo contaba con numeroso público y efectivamente el lugar estaba preparado para la presentación de los artistas. Una jaula de fierro encerraba a un impresionante león que se movía en el interior impacientemente, monos chimpancé, loros y otros animales se paseaban por ahí, de donde supuestamente luego bajarían una cortina para que vayan ingresando los artistas. Me llamó la atención un pequeño estrado levantado a un costado de la pista de actuación, en la parte superior un letrero grande y bastante deteriorado decía: “El Indiano, el hombre más grande y fuerte del mundo”

A mis amigos les causó el mismo impacto que a mí, aquel anuncio, de modo que casi todo el espectáculo pasó casi desapercibido, esperando la presentación de aquel hombre. Mientras actuaban los malabaristas, payasos y animales, nuestra mirada, de cuando en cuando giraba hacía el pequeño estrado, a ver si de sorpresa lo captábamos, pero nada. Cuando, en el momento menos esperado, cuando ya mediaba la tarde, el pregonero dijo:

— ¡Señoras y señores, ahora lo veremos!

Toda la gente prácticamente se volcó junto al pequeño estrado, el anunciador no hizo más que treparse encima para no ser aplastado, recién pudimos darnos cuenta que llevaba puesto un saco de colores brillantes, pantalón negro, un sombrero de copa alta color negro y un bastón en la mano. También en el estrado había una caja más o menos grande cubierta con una manta verde. No nos fijamos más en la caja, todos esperábamos que de algún lugar  apareciera el Indiano. Jamás pasó por mi mente que todo ese tiempo, en aquella caja estaba metido aquel hombre. El pregonero dijo:

—¡Señoras y señores, van a ser testigos de una gran presentación, verán por primera vez al hombre más grande y fuerte del mundo, viene recorriendo todo el continente demostrando su gran tamaño y fuerza, procedente de la lejana India, se ha batido en duras peleas a puño limpio, con elefantes, tigres y leones, —el público estalló en risas incrédulas.

Estábamos impacientados y muchos, levantando las manos pedían que se      presentara de una vez. Fue entonces que el pregonero, tomando uno de los extremos de la manta lo jaló hasta dejar al descubierto la caja. De pronto un golpe fuerte y violento votó por los aires la tapa de la caja que era de madera, fue tanta la sorpresa que todos dimos unos pasos hacia atrás del susto, algunos se habían caído de espaldas. Ni imaginábamos lo que vendría en seguida. Dos enormes manos negras surgieron del interior de la caja, se apoyó en el borde e inmediatamente se puso de pie, ¡Era un  gigante!. La gente dio un grito de sorpresa y dimos varios pasos más hacia atrás por la fuerte impresión. Algunos corrieron a colocarse en un lugar más lejano, fuera del alcance de aquel fenómeno. Muchos se quitaron el sombrero ante lo admirable, otros se colocaban sus anteojos porque no creían lo que sus ojos veían.

El Indiano era un fenómeno, de impresionante contextura, de unos dos metros y medio o más de estatura, de color moreno y la cabeza completamente rapada. Se colocó justo en el centro del estrado, con los brazos cruzados y la mirada al frente. Vestía un pantalón celeste brillante como los que usan los artistas del circo, con el torso descubierto para mostrar su prominente musculatura, al parecer se había frotado con aceite, porque brillaba como un caballo fino bien alimentado y recién cepillado. El pregonero seguía hablando de no sé qué cosas, nadie lo escuchaba, porque todos tenían puestos sus sentidos en el Indiano. Algunos que habían corrido al verlo la primera vez, fueron acercándose poco a poco para verlo más de cerca. El impresionante hombre seguía inmóvil en su lugar, entonces logré escuchar nuevamente al pregonero.

—Y en todo su recorrido mundo no ha habido humano alguno que se ha atrevido a retarle a puño limpio.

El pregonero se acercó a un extremo del estrado y cogió una barra de fierro y se acercó al público.

— ¿Habrá alguno de ustedes que podrá doblar este fierro?, —preguntó mirando a todos. Un gran silencio se hizo entre la gente. Yo miré a mis amigos y ellos a su vez a mí.

— ¡Yo!, —dijo, alguien entre el público.

Todos movimos la cabeza en busca de aquel insensato, debe estar loco, pensé. Era “Juan sin miedo”, así lo conocían en el pueblo, un tipo que alguna vez también trabajó en un circo, según sus propias palabras, aunque muchos no le creían por el tipo de vida que llevaba. Nadie sabía su nombre completo, sólo “Juan sin miedo”, nombre de un conocido personaje de revistas de aquellos tiempos. En el pueblo vivía de cantina en cantina cobrando las apuestas que hacía a su poderosa fuerza que poseía en sus brazos. Era conocido en muchos pueblos de la Amazonía, pues no tenía lugar fijo de residencia, razón por la cual sólo en raras ocasiones, como aquella, se le veía en el pueblo.

Ante la mirada atónita del pregonero y la inmovilidad del gigante, “Juan sin miedo” se subió al estrado y se ubicó a prudente distancia del Indiano, haciendo gestos de temor, lo que causó la risa entre el público. Tomó el fierro que le tendió el anunciador y haciendo grandes esfuerzos y exponiendo todo el poder muscular de sus brazos, logró doblar el fierro hasta convertirlo en un arco. Satisfecho, “Juan sin miedo”, lo expuso al público, recibiendo fuertes aplausos. En seguida el pregonero cogió otro fierro y entregándole al gigante dijo:

— ¡Ahora vean lo que hace el hombre más fuerte del mundo!

Acto seguido, acercándose, le dio unas fuertes cachetadas al moreno gigante. Los golpes eran tan fuertes, que me pareció que en cualquier momento el indiano reaccionaría dando una fuerte golpiza al pregonero. Pero no fue así. La mole humana frunció el ceño, mordió los labios, cogió el fierro por los extremos, los músculos de los brazos se le hincharon y con sólo dos movimientos rapidísimos dobló el fierro de tal manera, que al mostrarle al público, parecía un nudo casi perfecto. La gente lanzó un grito de admiración y aplaudió fuertemente el acto.

— ¡Eso es truco!, —gritó, “Juan sin miedo”, desde su sitio, y la gente lo apoyó moviendo la cabeza y pronunciando muchos síes.

De improviso, el Indiano miró fijamente a “Juan sin miedo”, la gente paró en seco los gritos y se produjo un silencio sepulcral en el ambiente, por primera vez el moreno gigante miraba directamente a alguien del público. Sorpresivamente y con una rapidez que no se podía imaginar en él, tomó un fierro y lo dobló de igual manera que la primera, se lo entregó a “Juan sin miedo”, luego tomó otro y doblándolo nuevamente, se lo entregó a otra persona, se detuvo en el centro del estrado con una agitación que parecía que los pectorales se le iban a desprender del cuerpo. Todos nos quedamos inmóviles, en silencio, atónitos.

— ¡Ya, moreno, cálmate, que vamos a seguir la función!, —dijo el pregonero.

Preciso instante en que el Indiano, cerrando los puños fuertemente y levantándolos por encima de su cabeza, lanzó un grito ensordecedor, haciéndonos correr del susto, seguidamente saltó del estrado al piso haciéndolo temblar, con el rostro completamente desfigurado por la furia. Muchas personas se caían en el afán de correr y ponerse a distancia de aquel monstruo. El pregonero saltó tras él tratando de detenerlo, el Indiano se dirigió presuroso al centro del circo, la gente lo seguía a pasos cortos y a prudente distancia. El gigante se detuvo y miró la jaula grande donde el león estaba recostado, el moreno se acercó, abrió la jaula con mucha facilidad e ingresó. El pregonero le gritó:

— ¡No, no lo hagas!

Pero el colosal hombre  ya estaba dentro, cerró la puerta, le puso cerrojo y miró a todos con sus enormes ojos que con la furia que traía se habían agrandado aún más. Toda la gente se acercó a ver lo que sucedía. El gigante se detuvo en el centro de la jaula, el león mostraba sus dientes ante tal intromisión. Estando dentro, el gigante, nuevamente lanzó su grito de guerra, el león se asustó tanto como nosotros y sin levantarse rugió tan fuertemente que nos dio escalofríos, muchas mujeres se desmayaron. El pregonero anunciador que estaba junto a la puerta gritaba:

— ¡Moreno, sal de ahí, no te metas con el león!

No sé, si lo que estaba ocurriendo, era parte del espectáculo o era una cosa circunstancial, lo que si era cierto, era que estábamos muy nerviosos. Nadie decía una palabra. Todo era silencio, excepto por los gritos del anunciador, suplicando al moreno que saliera de la jaula, los gritos del gigante provocando al rey de la selva y los rugidos de éste ante la provocación del atrevido. Dentro de la jaula, el león se puso de pie y empezó a caminar en torno al Indiano, como anunciando su ataque ante tal falta de respeto a su envestidura y un poco estudiando a su ocasional rival. De pronto y sin previo aviso, dio un ágil salto hacia el moreno tratando de morderlo por el cuello, pero éste con un rápido movimiento, echó por los suelos al león. El hombre más fuerte del mundo estaba furioso y la bestia también. Nuevamente el animal se lanzó contra el indiano y parece que eso esperaba el moreno, ya que inmediatamente lo tomó por las patas delanteras y lo zarandeó fuertemente hasta derribarlo nuevamente, entonces se subió encima del animal, aplastando patas y panza con su enorme peso. El indiano levantó la cara sudorosa, en las sienes y en la frente se notaban enormes venas. La gente aplaudió, ante tal demostración de fuerza y valor. El pregonero seguía gritando:

— ¡Ya, moreno, ya está bien, se acabó, deja al león!

El indiano gritó nuevamente, cogió a la bestia por las quijadas con ambas manos, abriéndole la boca fuertemente, lo mostró al público. Éste respondió con aplausos y gritos. El anunciador gritaba:

— ¡No, no, ya basta, suéltalo, suéltalo, moreno!

El público seguía aplaudiendo ante tal demostración de poder. Entonces ocurrió lo inesperado. En la postura en que se encontraba, el gigante hizo un gesto feroz y comenzó a abrir cada vez más las quijadas del animal, luego, un chasquido seco, silencio absoluto en los espectadores, sólo gestos de horror, admiración e incredulidad. Me trepé en un banco de madera para ver mejor el espectáculo. Y lo vi. En la mano derecha del Indiano se encontraba la quijada inferior del animal ¡Con toda la lengua fuera del cuerpo!. El moreno tenía levantada aquella mano, como mostrándola al público. Sangre en el piso, en el aire y escurriéndose por el brazo del Indiano. Personas del público que se caían al retroceder por la impresión de aquel acto. Otros con náuseas ante la presencia y el olor de la sangre. Todo se volvió un caos, yo estaba en el suelo, me caí cuando la gente retrocedió en forma abrupta.

Me puse en pie inmediatamente. El moreno gigante volvió a gritar fuertemente, con la quijada del animal aún en la mano, buscaba desesperado la salida de la jaula, el rostro completamente desfigurado por la furia y el esfuerzo realizado. El pánico cundió y la gente comenzó a correr, despavorida, en todas direcciones. Yo también lo hice y no paré hasta llegar a casa. No comenté nada en casa, pero mis padres se enteraron un poco más tarde de lo ocurrido, por comentarios de la gente. No salí de casa sino hasta el tercer día de aquel incidente. El circo se había marchado tan silenciosamente como llegó. Me comentaron que el moreno tuvo que ser inyectado para que se calmara, el  león murió y se lo llevaron. Nunca más se supo de aquel circo, ni del hombre más grande y fuerte del mundo, de tremenda altura y fuerza descomunal llamado el Indiano”.

 

 

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Cuento: Pepe Choclo

 

PEPE CHOCLO

Por: Jorge Mesía Hidalgo

Pepito es un niño como todos los demás. A sus siete años juega con sus amigos del barrio y de la escuela. Pero hay algo que le preocupa, sus compañeros de la escuela le han puesto el apodo de Pepe Choclo. En muchas ocasiones ha preguntado por qué ése apelativo y todos le salen con respuestas evasivas. Es que Pepito es un niño extremadamente blanco, tiene el cabello rubio lacio y unas impresionantes pecas en las mejillas y la nariz.

Cierta vez, habiendo regresado de la escuela, ingresó a su casa con el rostro rojo y lágrimas en los ojos. Su mamita Isabel, como él la llamaba, al verlo así, se alarmó y le preguntó:

—Hijito,  ¿Qué tienes?, ¿Por qué estás llorando?

Pepito, sin responder, fue directo a sentarse en una silla y arrimar su rostro en sus brazos apoyados sobre la mesa del comedor. Mamita Isabel se acercó y frotándole la cabeza trató de consolarlo. Pepito, en silencio, continuó en la misma posición.

—Cuéntale a tu mamita lo que te pasa, hijito mío. —le dijo como un susurro.

Pepito levantando la cabeza y limpiándose las lágrimas le contestó:

—No me gusta que en la escuela me digan Pepe Choclo.

—Pero hijito, ya te dije que no les hagas caso, tus compañeritos son bromistas, te dicen así porque te quieren. —Pepito se puso de pie.

—No, mamita Isabel, sólo a mí me llaman por ese apodo, el resto se llaman por sus nombres. —respondió, Pepito.

Mamita Isabel, un poco apesadumbrada por las circunstancias, se cubrió el rostro con las manos y empezó a sollozar. Pepito, alarmado al verla así se abrazó a su cintura.

—Mamita Isabel, ¿Por qué lloras?, te pido que no llores, si quieres no haré caso que mis amigos me llamen así, pero no llores, mamita Isabel. —dijo, el pequeño.

Entonces, mamita Isabel, le tomó del brazo y con mucha suavidad y cariño le condujo a un sillón grande de la sala, sentándose en él, abrazó al niño y recostó su cabeza sobre su regazo.

—Hijito mío, no eres la causa de mi llanto, te voy a contar una historia que ocurrió acá en el pueblo, al final, estoy segura dejará de molestarte que te llamen por ese apodo. —dijo, la mujer.

“Cierta vez, hace varios años, llegó al pueblo un joven europeo, muy apuesto y encantador. Su nombre era Jack. Era muy blanco y tenía el cabello rubio. Como era de esperarse causó admiración en todos los pobladores y sobre todo en las chicas de ese entonces. Era tan grande su gracia, encanto y belleza que muchos niños, hombres y mujeres lo seguían muy de cerca por donde se desplazaba. Tenía 28 años y estaba viajando por los países de América del Sur conociendo culturas, como él mismo nos contó, en un idioma español no bien pronunciado, pero que con sus gestos nos hacía entender perfectamente. Una chica de 19 años se enamoró perdidamente de él y entonces comenzó a acompañarlo a diferentes lugares y chacras a donde iba a conocer a pobladores de la selva. Con el transcurso de los días, el joven europeo también se enamoró de la chica, iniciando entre ambos una relación de amor y ternura, que la chica nunca había vivido. Producto de esa relación nació un niño hermoso y robusto a quien su mamita le puso el nombre de José. A los pocos meses de nacido todos los vecinos del barrio conocían al pequeño y hermoso bebé como Pepito, quien tenía el cabello rubio y era blanco como su papá Jack”.

La joven mujer calló. Pepito le miró al rostro y agrandando los ojos, dijo:

— ¿Pepito, como yo? —la mujer movió la cabeza afirmando.

— ¿Quieres saber algo más, Pepito? —preguntó, ella. El niño volvió a mirarla.

— ¿Y dónde está ese bebé, mamita Isabel? —Ella sonrió y frotándole la cabeza, dijo:

—El bebé ahora es un niño, está junto a mí y eres tú, mi amor. —dijo, ella, con entusiasmo. Pepito se sentó rápidamente y miró a su madre interrogante— Sí, hijito, el bebé hermoso que te mencioné, eres tú y la chica que siguió al europeo por que se enamoró de él, soy yo, o sea tu papá es Jack. —Pepito siguió mirando a su madre haciendo un gesto de incomprensión y tomándose la cabeza— Por eso eres blanco y tienes los cabellos rubios, como tu padre, y por eso también tus amigos te dicen Pepe Choclo, porque el maíz choclo tiene unos hilos sedosos amarillos y sus granos son blancos. —concluyó, ella.

Pepito se puso de pie y caminó unos pasos, luego se volvió a ella y preguntó:

— ¿Y dónde está mi padre, mamita Isabel? —Ella se puso de pie y tomando de la mano al niño, le dijo:

—Ven, Pepito, —y lo condujo a su habitación, abrió un cofre de madera que lo tenía con llave y extrajo una fotografía. Se lo mostró a Pepito— Él es Jack, tu papá. —le dijo. Pepito miró la foto con avidez.

— ¡Asu, es alto y blanco y rubio! —dijo, admirado. Su madre movía la cabeza. Pepito volvió a preguntar: — ¿Dónde está él, mamita Isabel? —La mujer se limpió rápidamente una gran lágrima que rodaba por su mejilla.

—Él está en su país, Noruega, partió antes que tú nacieras, sin siquiera saber que yo estaba embarazada. Al partir de viaje me dijo que al año siguiente volvería para casarse conmigo porque estaba enamorado de mí, pero ya ves, han pasado 7 años y no sé nada de él. —Pepito abrazó a su mamá fuertemente.

—No importa, mamita Isabel, no llores, ya verás que ya no diré nada ni me molestaré si mis amigos me llaman por mi apodo.

Desde entonces pasó un tiempo y Pepito se sentía feliz, había aprendido a aceptar el apodo que sus amigos le pusieron, siempre explicándoles la razón de su blanca piel y sus cabellos rubios, y aunque nadie le creía, aún así se sentía feliz. En una ocasión, cuando se acercaba a cumplir ocho años, en casa haciendo sus tareas, Pepito dijo a su progenitora:

—Mamita Isabel, pronto será mi cumpleaños, ¿Qué me vas a regalar? —Su joven madre le miró.

—A ver, a ver, ¿Qué quieres que te regale?

—Si te digo lo que quiero no vas a poder comprarlo, mejor elige tú, mamita Isabel. — respondió, el niño.

—Ya sé. —dijo, sonriente, la mujer— Te compraré lo que vienes queriendo hace dos años, ¡Una bicicleta!, ¿Qué te parece? —Pepito agrandó los ojos de emoción.

— ¿En serio, mamita Isabel?, ¿Me comprarás una bicicleta? —y corrió a abrazar a su madre.

En ese preciso momento, alguien tocó la puerta de la pequeña casita, que sólo tenía un cuarto y un pequeño patio techado que les servía de cocina y comedor. Pepito fue a abrir la puerta y grande fue su sorpresa y susto al ver a un hombre alto, blanco, rubio y barbudo parado en el umbral de la casa, cargando una gran mochila.

— ¿Acá vivir señorita Isabel? —preguntó, el extraño.

Pepito enmudeció, sólo atinó a voltear a mirar a su madre. Ella de inmediato se acercó a la puerta y en ese mismo instante reconoció a Jack. Se miraron sin pronunciar palabra alguna, de los ojos de ambos brotaron lágrimas y seguidamente se unieron en un fuerte abrazo. Pepito los miraba perplejo, confundido y consternado.

—Pasa, adelante, Jack. —dijo, la mujer.

Luego de acomodar sus cosas y conversar de sus recuerdos, Jack miró al niño, quien en todo momento estaba junto a ellos, ansioso porque su madre le confirmara que el extraño visitante, llamado Jack, era su padre.

—Este niño hermoso, ¿Ser tu hijo? —preguntó, Jack. La mujer haló a Pepito a su lado y lo abrazó.

—Sí, Jack, es mi hijo y tuyo también, cuando partiste de viaje, no sabía que estaba embarazada, por eso no te lo dije. —Jack miró al niño y miró a la madre, expresando una amplia sonrisa se tomó la cabeza.

— ¿Verdad?, ¿Es nuestro hijo? —preguntó, jubiloso. La mujer movía la cabeza afirmando. Jack tomó al niño y lo abrazó. Pepito estaba feliz, estaba viendo a su padre por primera vez y le caía bien, y sabía que a su padre también. Jack llenó de abrazos y besos al niño y a la mujer.

—Yo venido casarme contigo y encuentro sorpresa. —dijo, Jack.

Isabel agrandó los ojos lagrimosos y abrazó fuertemente al visitante, se confundieron en un apasionado beso y ambos abrazaron al pequeño hijo. Pepito Choclo comprendió de inmediato que aquel hombre llamado Jack era en verdad su padre y que había venido de tan lejos por amor a su madre y a él, para casarse finalmente y vivir felices.

Así fue. En los días siguientes Jack e Isabel prepararon los papeles para el matrimonio. Fue un acontecimiento en el pueblo nunca antes visto y todos en general admiraron a Pepito Choclo, quien, por otro lado, caminaba orgulloso y sonriente, de las manos de sus padres por la calles del pueblo. Al otro día anunciaron a todos el viaje de los recién casados a Europa, incluido Pepito Choclo por supuesto, lo que volvió a conmocionar a la gente del pueblo. El día del viaje los amigos y compañeros de la escuela de Pepito se acercaron a despedirlo. Todos decían:

— ¡Chao, Pepito, feliz viaje.

Pepito sonreía feliz junto a sus padres subidos en un tremendo camión que los llevaría a la ciudad grande para embarcarse en un avión que los llevara a Lima y de ahí a Europa. Desde que sus amigos se enteraron que Jack era el padre de Pepito, nunca más volvieron a decirle Pepito Choclo y él extrañaba el apodo, hasta ése día cuando el camión avanzaba y todos despedían levantando las manos a los viajantes, uno de sus amigos, a la distancia, gritó:

— ¡Chao, Pepito Choclo!

Pepito lo miró y sonrió, contento.

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NOVELA: UN AMOR DE CORPUS CRISTI (Extracto)

 

UN AMOR DE CORPUS CRISTI

(La Historia de Silvia y Faustino)

Por: JORGE MESÍA HIDALGO

 

EL GRAN MERCADILLO

El mercado número dos de la ciudad, más conocido como “Mercadillo”, es indudablemente el más grande. Ocupa tres calles de la ciudad y, entre siete y ocho cuadras, aproximadamente, de cada calle. El nombre diminutivo y, hasta cierto punto, despectivo le viene a raíz de que, en sus inicios, era un lugar pequeño, de venta casi exclusiva de plátanos, yucas y aves de corral. Nadie jamás se imaginó que, con el transcurrir del tiempo, se convertiría en un monstruo de la comercialización de todo tipo de productos. Allí se compra y se vende de todo, los productos más inimaginables, los encuentra ahí. Y, como en todo centro popular de comercio, allí también se encuentra la crema y nata de la delincuencia. Los reconocidos y temidos “manos de seda”, o sea, aquellos que nadie los siente ni los ve hacer sus fechorías. Estafadores de todo calibre que, con el cuento de los sorteos y la venta de pócimas milagrosas, engañan a los incautos. Los afamados y, cada vez más versátiles, “cambalacheros”, que a cambio de ropa nueva o utensilios de cocina realizan el cambalache por artefactos malogrados u otros muebles de casa.

LA BELLA SILVIA

Cierta vez, cuando salía de comer de la pensión, se encontró con Mario, el amigo de Pablo. Estaba acompañado de un joven y una chica.

—Hola, Faustino, —saludó, Mario, — ¿Has visto a Pablo?, —preguntó.

—Claro, estaba hasta tarde en su puesto de venta, ahora debe estar en su cuarto, —respondió.

—Queremos invitarle a una fiesta, en Lamas, ¿tú, no quieres ir?, —preguntó, Mario.

— ¿Ahora?, ¿en estos momentos?, —preguntó, Faustino.

—No, no, el domingo próximo, va haber una fiesta y estamos invitados, —contestó, Mario.

—No sé, —respondió, Faustino, —es difícil con la chamba que tengo y sobre todo los domingos, es el día que más se vende.

—Un poco de descanso no te caería mal, de todas maneras estas invitado, —dijo, Mario, y se alejó con sus acompañantes.

Durante el breve diálogo, Faustino echó una mirada a la chica acompañante de Mario, y se encontró con la de ella, que también estaba mirándole. Estaba muy bonita, buen cuerpo y se viste bacán, pensó. Al verlos alejarse, les dijo:

— ¡Voy con ustedes, quiero conversar un asunto con mi amigo Pablo.

—Y, ¿a  Lamas?, ¿vas a ir?, —volvió a preguntar, Mario.

—Puede ser, depende, si va con nosotros esta linda chica, entonces me animo y voy, —dijo, Faustino, mirando a la chica directamente a los ojos.

—Ja, ja, ja, claro que va a ir, ella es de Lamas, igual que yo, por eso somos invitados, —dijo, Mario.

—Bacán, —dijo, sonriendo, Faustino, —entonces hay que convencer a Pablo, porque él es quien tiene los billetes. —Faustino caminó junto a ellos, mirando, de rato en rato, de reojo a la bella chica que acababa de conocer, tratando de no hacerse notar.

Avanzaron hacia la residencia de Pablo. Faustino se acercó a la chica y le extendió la mano, para saludarle. Se llamaba Silvia, tenía 19 años y era estudiante universitaria. Faustino mintió que tenía veinte y que estaba postulando a la universidad por tres ocasiones, sin lograrlo. Le cayó bien la chica y por lo visto, a la chica, también le cayó bien él, con la mentira incluida, claro. Encontraron a Pablo en la vereda de su cuarto, conversando con un vecino. Ni se inmutó al verlos, sólo una amplia sonrisa de recibimiento y un comentario agrio:

—Oiga, vecino, mire usted, llegó la “patrulla malandrín”, ja, ja, ja, —dijo, refiriéndose a Mario y sus acompañantes. Su vecino también rió, mirándolos.

—Hola, Pablo, —saludó, Faustino, —tu chochera Mario, viene con una linda chica y una invitación.

— ¿Invitación?, ¿para qué?, —preguntó, Pablo. Nadie le respondió. Sólo Mario saludó.

—Hola, Pablo.

—Hola, Mario, hola, Silvia, —saludó, Pablo, —y, tu amigo ¿quién es?

—Ah, él es mi amigo Julio, vive por acá nomás, —dijo, Mario.

—Ah, ya, hola, Julio, pero, pasen, acá hay unos asientos, conversemos acá, afuera, porque adentro hace mucho calor.

ADIOS, AMIGO MÍO.

Unos ruidos cercanos despertaron a Miguel. Eran ruidos de pisadas sobre piedras y machetazos en las ramas, a buena distancia, de donde se encontraban. Rápidamente buscó la boca de José para tapárselo, ya que se movía mucho queriendo levantarse para correr.

—Silencio, tranquilo, —le dijo, con voz suave y baja. Así se quedaron un rato.

Los ruidos se escuchaban cada vez más bajos. Se alejaban. Eran los subversivos, que habían salido en busca de los prisioneros y de los que mataron a sus compañeros. Miguel no sabría decir si es que pasaron cerca de ellos, mientras dormían. O al despertar estaban justo donde los escuchó. Sonrió al notar que se alejaban cada vez más. Retiró la mano de la boca de José. Se acordó de Faustino. Se volvió hacia él y no lo encontró en su lugar. Quiso encender la linterna pero se acordó que los enemigos andaban cerca y podían fácilmente verlo. Palpó con las manos para ubicar a su amigo y lo encontró. Estaba casi sentado con la cabeza de Silvia sobre sus piernas. Miguel se atrevió a encender la linterna y lo vio claramente.

—Faustino, recuéstate, amigo, estás perdiendo mucha sangre, —le dijo.

—Miguel, amigo mío, ¡está muerta!, —dijo, Faustino, lastimeramente, llorando.

—Faustino, no levantes la voz, el enemigo está cerca, ven, recuéstate al lado de Silvia, —dijo, Miguel.

Faustino accedió, sin soltar la mano de su amada, ayudado por Miguel. José se acercó a ellos. Había salido del bosque para tratar de ver a los subversivos que momentos antes estaban cerca.

—¿Y?, —preguntó, Miguel.

—Ya se fueron, —respondió, José, refiriéndose a los subversivos.

—Alumbra con la linterna, voy a revisar las heridas de Faustino, —pidió, Miguel.

José así lo hizo. Faustino acariciaba el rostro pálido, cadavérico, de Silvia y lloraba calladamente. Miguel retiró el trapo que, a modo de venda, había puesto sobre las heridas de Faustino. Éstas manaban sangre, aún. Sobre todo la del estómago. Miguel volvió a cubrir las heridas con trapos limpios. Miró el rostro de su amigo y lo encontró pálido, recostado sobre el pecho de Silvia.

—Faustino, Faustino, —le dijo, tomándole del hombro, —tenemos que seguir.

—No, no, —respondió, Faustino, —no vale la pena, sin Silvia, no.

—Escucha, hombre, tiene que verte un médico, estás perdiendo mucha sangre, —insistió, Miguel.

—¿Por qué?, amigo Miguel, ¿por qué tuvo que morir?, —dijo, débilmente, el muchacho, abrazando, fuertemente, el cuerpo, sin vida, de Silvia y dándole besos en la mejilla.

—Faustino, sabíamos de los riesgos a los que nos enfrentaríamos, ¿no?, pero, tú estás vivo, — respondió, Miguel.

—¿Para qué carajo sigo con vida?, ella era mi vida, sin ella, no hay nada para mí, —dijo, Faustino, con voz fuerte, muy expresiva, haciendo un notable esfuerzo para que su amigo, Miguel, lo escuchara bien.

—Escucha, huevón, ¿la amas demasiado?, —preguntó, Miguel.

—Con todas mis fuerzas y todo mi corazón, —respondió, débilmente, Faustino. Miguel tuvo que pegar la oreja a la boca de su amigo para entenderlo.

—¿Entonces, carajo?, vamos para que te curen, así podrás amarla todo el tiempo que te queda de vida y llevarla siempre en tu corazón, —le dijo, Miguel, hablando fuerte, tratando de levantarle el ánimo.

Faustino no respondió. Acomodó su cabeza junto a la de Silvia. La abrazó poniendo un brazo debajo de su cabeza y el otro en su cintura. La pierna izquierda la puso encima de las piernas de la chica. Al verlo así, Miguel le dijo:

—Faustino, ¿te estás dando por vencido?, tenemos que seguir, ¡te estás muriendo, carajo!.

—Miguel, amigo mío, —dijo, Faustino, casi imperceptible. Miguel tuvo que acercarse para escucharlo, —sabes que ya no tengo tiempo, déjame estar con ella estos últimos momentos.

—¡No, carajo, no!, —explotó en llanto de ira, Miguel, apretando fuertemente el brazo de Faustino, —en este mismo momento nos vamos.

Miguel trató de levantar a su amigo para cargarlo. Faustino se sujetó fuertemente al cuerpo de Silvia. Fue imposible separarlos. José, que hasta entonces estaba observando en silencio, se acercó a Miguel para hacerlo desistir en su intento de cargar a Faustino. Miguel lo empujó a un lado.

—¿Qué te pasa, carajo?, ¿quieres que lo deje morir aquí?, ¡es mi amigo, ¿entiendes?!, —dijo, Miguel, increpando a José.

Éste cayó justo con la posadera donde tenía la herida, haciendo que suelte un quejido seco. Inmediatamente se repuso.

—Está bien, pero, no levantes la voz, pueden escucharte, —dijo,  tímidamente, en voz baja, José.

— ¡Qué chucha, que me escuchen, tal vez sería mejor morir todos acá!, —expresó, con dolor, en sus palabras, Miguel.

—Miguel, —dijo, débilmente, Faustino. Miguel se acercó.

—Habla, Faustino, ¿nos vamos?, —preguntó.

—No, ya no es necesario, —dijo, Faustino, levantando la mano izquierda, buscando la mano de su amigo.

—Aquí estoy, Faustino, tienes que ser fuerte, si superas este momento te recuperaras completamente, —dijo, Miguel, tomando la mano de Faustino.

—Me voy, amigo, ya no siento dolor, —decía, Faustino, con voz, cada vez más débil.

—Resiste, Faustino, no te des por vencido, ¡resiste, carajo!, —gritaba, Miguel.

En vez de respuesta inmediata, Miguel, sentía la presión de la mano de su amigo, sobre la suya.

—Ella me espera, mírala, está más bella que nunca, —repetía, Faustino.

—¡Faustino, amigo, quédate, lucha, amigo, no te dejes llevar.

—No, voy a sus brazos, a decirle cuánto la amo.

Faustino de pronto calló. Respiró profundamente. Presionó fuertemente la mano de Miguel.

—Faustino, ¿Faustino?, —dijo, Miguel, frotándole la cabeza. Sintió que su amigo dejaba de presionar su mano.

—Gracias, amigo, por todo, —dijo, débilmente, Faustino, exhalando, un respiro, largamente contenido, Miguel sintió, nuevamente, la presión de la mano de Faustino, —Adiós, amigo mío.   

Soltó, suavemente, la mano de Miguel y expiró. Miguel le tocó el pulso en la muñeca izquierda y en la yugular. Nada. Se había ido. Miguel apoyó la cabeza en el hombro de Faustino y gritó:

—Faustino, quédate, amigo mío, no te vayas, carajo.

Y lloró, largamente, golpeando el suelo con el puño. Cuando se calmó levantó la cabeza y miró en dirección de José. Éste se encontraba junto al cuerpo de Silvia, con la cabeza gacha, seguramente, también llorando, en silencio. Seguidamente tomó la mano de Silvia y la unió a la de Faustino y recostó su frente en ellas. Volvió a llorar. Esta vez, franca y abiertamente, por largo rato. Perdió a su amigo, que en poco tiempo logró hacerse un gran amigo, como un hermano para él. Y lloró también por Silvia, el amor de su amigo, de su hermano. Ahí se quedó, hasta dormirse. Estaba cansado, agotado y bajo mucha presión. José sólo lo contemplaba. Una gran desolación invadió el lugar. Un silencio abrumador, sólo interrumpido por los ruidos de los insectos nocturnos y los batracios. Entonces, también él, se recostó junto al cuerpo de Silvia y se durmió.

Miguel despertó ante el llamado de José. Sin darse cuenta, de la posición de rodillas en que se encontraba al momento de llorar por sus amigos, se había recostado completamente, estirando las piernas, con la cabeza apoyada en las manos unidas de Silvia y Faustino, a modo de almohada. Miró a José. Se dio cuenta que una luna brillante, en ese momento, iluminaba completamente el lecho del río. Algunos de sus  rayos se deslizaban temerosos de descubrir a los jóvenes, a través del follaje de los árboles, dando cierta claridad al lugar donde se encontraban los dos amigos. Miguel miró su reloj. Era casi la media noche.

—¿Has escuchado algo?, —preguntó, de pronto, angustiado, a José.

—No, no sé, —respondió, José, —yo, también, recién me despierto.

—Van a ser las doce de la noche, —comentó, Miguel.

—¿Qué hacemos?, —preguntó, José.

—Hay que seguir, tenemos que llegar al pueblo antes que amanezca, —dijo, Miguel, reponiéndose por completo.

—¿Qué hacemos con Silvia y Faustino?, —preguntó, asustado, el muchacho.

Miguel miró los dos cuerpos inertes, de Silvia y Faustino, junto a él. Recién tomó conciencia de la real situación.

—Los llevaremos al pueblo, ahí los recogerán sus padres, —respondió, concretamente.

—¿Queda lejos tu pueblo?, los muertos pesan bastante, —dijo, José.

—Sí, —respondió, Miguel, incorporándose.

Miró de reojo al joven acompañante.

—Descansaremos media hora más, prepara tus cosas, ponte los guantes, el pasamontañas, amárrate bien las botas, mientras tanto cuéntame ¿qué ocurrió en la caverna, cuando, Faustino, ingresó?

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NOVELA: SIMPLEMENTE, LA VAQUERINA (Extracto)

 

SIMPLEMENTE, LA VAQUERINA

Por: Jorge Mesía Hidalgo

                                                                                             

                                                                                                                            "Conocerte fue el alborear de mi vida.

                                                                                                         Compartí todo contigo, desde el amor hasta la agonía.

                                                                                                         Te recuerdo. Te dejo caminar en mí. Te olvido."

                                                                                                                                       Ricardo Josadth (Poeta Amazónico)

 

Aquel día, como todos en los que no asisto a clases en la Universidad Nacional de Chiclayo, mi escape es el chat de internet. Mi nombre es Fabián Cepeda, soy hijo único. Me considero un joven de estos tiempos. Desinhibido, que vive el momento. Despreocupado por lo que puede estar pasando en el mundo. Aquello que nos está llevando a la destrucción de la vida. Lo escucho por los medios, cada vez con más frecuencia, con más insistencia. En el internet es una constante. Los corbatudos de la televisión, ponen gravedad en la voz y expresión nómada el rostro, cuando lo mencionan. Los desconocidos de la radio, levantan la voz, como si así los van a escuchar, cuando hablan del recalentamiento y el efecto invernadero. Yo sonrío, al verlos y escucharlos, porque me parece una hipocresía de sus parte. Es muy fácil vociferar o escribir en letras grandes, en los medios, cuando se trata de criticar las acciones de nosotros mismos, porque somos los únicos responsables de llevar a la crisis del medio ambiente a nuestro planeta, sin embargo es difícil proponer acciones o accionar uno mismo, actividades que nos conlleven a solucionar el problema.

Avanzaban los minutos, las bromas se hacían más pesadas y la conversación más ruidosa a medida que ingeríamos un trago “especial” que Pocho tenía guardado para ocasiones como ésa, era una mezcla de vino y aguardiente. Al poco rato apareció Jualo, acompañado por una chica, completamente desconocida para nosotros. De impresionante figura. Esbelta, alta. Cabellera negra, abundante y ondulada. Unos ojos vivaces y pícaros, negros profundos, lanzaban tenaces dardos de encanto, amor y pasión. Todos quedamos boquiabiertos al verla frente a nosotros. Con una sonrisa sensual y excitante. Si Jualo era devoto de impresionarnos con cualquier acto casual, aquella vez lo hizo con creces. La Vaquerina, le decían a aquel encanto femenino. Natural de Cajamarca, de 26 años, lo dijo ella misma, sin inmutarse. En su hablar tenía ese notorio acento, mezcla de costa y sierra, que, a muchos, como yo por ejemplo, nos atrae enormemente.

— ¿Vaquerina?, ¿Ése es tu nombre? —preguntó el pelado José.

—Ajá, Vaquerina —respondió ella, con una agradable sonrisa. Y antes que surgieran otras preguntas, se adelantó en decir— Por favor no quieran saber más de mí, con eso es suficiente, por ahora, ¿ok?

La encantadora y sensual criatura saludó a todos con besos y, a veces, acompañados de abrazos muy efusivos, muy propio de ella, a quien empezaba a conocer. Más, cuando llegó mi turno, se detuvo en seco. Me miró directamente a los ojos y dejó de sonreír. Yo también la miré directamente a los ojos, inmovilizado, petrificado y al instante sentí un flechazo directo al corazón. Más, en mi interior, sentía cómo mi sangre se calentaba, en un estado de ebullición, a punto de saltar al aire. Me contuve, haciendo un gran esfuerzo, para decir:

—Hola, ¿Cómo estás?

Ella, como no lo había hecho con ninguno de mis amigos, estiró la mano para estrechar la mía y dando un suave, pero notable tirón, me acercó a su rostro para darme un beso largo, y, por demás sensual, en la mejilla, muy cerca de la comisura de mis labios. Quedé estático, a punto de que las piernas se me doblaran de tanta emoción y excitación. Y ella, sin dejar de mirarme, volvió a sonreír encantadoramente. La sangre de mi cuerpo, en exceso caliente, se concentró en mi rostro, tornándolo de un rojo intenso. Mis amigos empezaron a reír, socarronamente, escandalosamente, dando pifias y silbidos burlones hacia mí, pero, lo que les hizo realmente delirar, fue cuando vieron las huellas del colorete de los labios de La Vaquerina muy junto a mis labios. Ya se imaginarán cómo me puse y dónde hubiera querido estar en esos momentos.

***************************************

Regresé a casa contento, había dado un gran paso en mi recuperación “post Vaquerina”, además tenía la seguridad que mis amigos estaban convencidos y que me ayudarían a recuperarme completamente. Inexplicablemente, no sé por qué, en ese momento, vino a mi mente el rostro de La Vaquerina. De una manera fugaz. Hasta creí haber visto la figura de ella en un vehículo que pasaba por la calle por donde caminaba a casa. Inmediatamente retiré el recuerdo y la figura de mi mente. “No puede ser”, pensé, “¿Vuelvo a lo mismo?, no, no, aléjate demonio, no caeré nuevamente en tus manos”, dije, calladamente. Me detuve en una esquina, para cruzar la calle, cuando de pronto, la escuché:

— ¡Fabián! ¡Fabico!

Rápidamente volví la mirada hacia esa llamada, hacia esa voz, inconfundible para mí. Era ella, La Vaquerina. Escuchar su voz provocó un temblor en todo mi cuerpo, verla de nuevo, me congeló. “¿Cómo me vi en ese momento?, no sabría decirlo. ¿Palidecí?, seguro que sí. ¿Me volví más rígido que una estatua?, también. Tan estático me quedé, que en vez de acercarme yo a ella, ella se acercó a mí.

—Hola, lindura —me dijo al darme un beso en la mejilla.

—Hola, Vaquerina —respondí con la voz entrecortada y el corazón agitado.

—Oye, ¿Estás bien? —Preguntó con un gesto de preocupación— Estás frío, pálido, ¿Estás enfermo?

—No, no, sólo un poco sorprendido, no pensaba verte y menos hoy día —respondí. Repentinamente, me tomó de la mano y me indujo a caminar por la acera.

—No sabes lo feliz que me hace verte, ayer llegué de viaje y lo primero que quería, era verte —me dijo, con una sonrisa, con ese encanto propio de ella.

— ¿Así? qué coincidencia, yo también tenía ganas de verte —le dije, ocultando mi desesperado afán de verla desde aquella noche que la conocí.

— ¿En serio?, eso me hace doblemente feliz, vamos, te invito a comer un helado —me dijo, parándose delante de mí.

Repentinamente, me abrazó por la cintura y cogiendo mi brazo izquierdo me la puso sobre sus hombros. Yo, emocionado, excitado al cien, comencé a sudar frío. Estaba avergonzado de que la gente notara una abultada erección en la bragueta de mi pantalón.

Caminamos un poco más, en busca de una heladería. La Vaquerina iba sonriendo a la gente que nos cruzábamos, mirando de un lado a otro y recostando, de cuando en cuando, su cabeza en mi hombro. Eso me excitaba aún más. De pronto, notó que me encorvaba, tratando de ocultar el pronunciado bulto que tenía abajo. Me miró, luego miró el bulto y me abrazó de frente, dándome un beso en los labios, ocultando con su cuerpo la protuberancia desvergonzada, que provocaba mi erección.

—Estás excitado, mi amor —me dijo al oído.

—Sí —respondí, con voz apagada.

— ¿Tanto así? ¿Es eso lo que provoco en ti? —me preguntó en voz baja.

—Ajá —respondí, casi jadeando, sin soltarla de la cintura, a la cual me había aferrado, para pegar mi parte sexual a su cuerpo.

— ¡A su!, qué grande y qué duro —dijo, al sentirlo. No respondí. El sudor de mi cuerpo empapaba mi polo. Estaba a punto de estallar, por la excitación.

—Comiendo el helado se me pasará, luego un buen baño —le dije.

—Nada de eso —me dijo, dándome otro beso— vamos a desfogarnos, ¿Quieres?, porque yo también estoy caliente, afortunadamente a la mujer no se le nota, pero estoy que ardo —dijo, ella.

—Ya pues, pero, ¿Cómo y  dónde? —pregunté, angustiado.

—En mi cuarto es imposible, ¿Un hotel?, ¿Conoces alguno?

—No, ninguno —dije, angustiado.

—Eso no importa, vamos a cualquiera, con pagar la habitación, se arregla todo —me dijo y me tomó de la mano, jalándome al borde de la acera, para tomar un transporte. Dentro del vehículo en marcha, le dije:

—Vaquerina, tengo poco dinero.

—No te preocupes, bonito, yo tengo —me respondió, tomándome la mano y dándome otro beso en los labios.

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NOVELA: DON EZEQUIEL, Aventuras y Cuentos (Extracto)

 

DON EZEQUIEL

Aventuras y Cuentos

Por: Jorge Mesía Hidalgo

Tenía más o menos siete años cuando tomé conciencia de ese nombre, Ezequiel. Así llamaban a mi padre, un hombre alto, canoso y un  poco encorvado. No vivía con nosotros pero a diario lo veíamos en otra casa  con mi otra mamá. Meses mas tarde comprendería que se trataba de mi abuelo, padre de mi madre y mi otra mamá era su esposa, mi abuela Silvia. Respetuosamente  la gente lo llamaba Don Ezequiel, nosotros en casa le decíamos papá Ezequiel, sólo mi abuela, su esposa, le decía directamente Ezequiel.

Cuando tuve ocasión de observarlo por primera vez muy atentamente, comprendí el porqué de la consideración y respeto de la gente y también de la atracción de las mujeres. Pues era un hombre apuesto, de figura deportiva, ojos y tez claros y nariz perfilada. Provenía de una familia sencilla de considerables recursos económicos. Nació en Mahuiso, un poblado de la amazonía peruana cercana a la ciudad de Yurimaguas.

Don Ezequiel era hombre de armas tomar, severo en la disciplina, persistente en el orden, correcto en sus actos, atento con las personas, sobre todo con las mujeres, comprensivo con sus hijos. No era un potentado en cualidades ni un ángel en comportamiento pero en líneas generales sobresalía sobre muchas personas de su generación. Quizá, para mí, su mayor defecto haya sido su apego a la perfección, la férrea disciplina era uno de sus aliados, esa manía que tenía que toda tarea que nos encomendaba, fuera cumplida a la perfección.

EL VIAJE A LAMAS

Fue en 1923 cuando Don Ezequiel decide hacer el viaje a Lamas, contaba con 16 años, se sentía preparado para enfrentarse a la vida. Por este tiempo oía constantemente de un poblado que crecía rápidamente y cuyo movimiento comercial, pujante y atractivo, se debía a su gran producción de café y tabaco. Le parecía que la decisión tomada era la más importante de su vida, pues implicaba auto controlarse y trazar su propio camino. En aquellos tiempos el viaje a Lamas era bastante arriesgado, pues casi siempre lo hacían grandes comerciantes conduciendo inmensas caravanas con todo tipo de productos importados para venderlos en la floreciente ciudad de los Tres pisos.

El viaje duraba entre 5 y 6 días por camino de herradura, si es que el clima no les jugaba una mala pasada, de lo contrario la travesía duraba hasta veinte días. Esta demora se debía a, que,  a veces,  durante el viaje, se presentaban torrenciales lluvias que duraban varios días, obligando a los viajeros a construir improvisadas cabañas en la ruta para acampar  a la espera que mejore el clima. En otras ocasiones, el cruce con la manada de guanganas (jabalís) los atrasaba hasta dos días, según la propia versión de Don Ezequiel, él jamás había visto este fenómeno de la naturaleza, pero en muchas ocasiones le habían contado personas que estuvieron al borde de perder la vida estando muy cerca del paso de las bestias. Se trataba de miles de  miles de jabalís que se trasladaban de un lugar a otro en la selva en busca de alimentos. A su paso dejaban destrucción y desolación. El paso de los animales salvajes iba acompañado de un ruido aterrador que no tenía comparación en el mundo civilizado. Una mezcla de ruidos de árboles que se rompen, otros animales que eran devorados por la manada y en ocasiones gritos de personas que tuvieron la mala suerte de no lograr escapar de la ruta de las guanganas. Cuando pasaba el último jabalí todo quedaba destruido, árboles caídos, restos de animales semi devorados, en un trecho de mas o menos trescientos metros de ancho. Era realmente impresionante, un fenómeno de  la naturaleza extraordinario, admirable y aterrador al mismo tiempo.

— ¿Te gustaría verlo, papá Ezequiel? —le pregunté cierta vez, cuando estaba recostado, doliente de fuertes reumatismos.

—Claro que sí, hijo. —Contestó rápidamente— Siempre ha sido mi deseo mirar de cerca ese fenómeno de la naturaleza, pero hijito, espera a que mejore un poco de este reumatismo, para hacer un viajecito de quince días por esos lares.

Contaba entonces con 72 años de vida, la mayor parte de sus días las pasaba con fuertes dolores, recostado en su cama, oportunidad que me brindaba para tener una larga y fluida conversación con él.  

*********************

Una tarde, de regreso de uno de sus esporádicos paseos vespertinos, ya de avanzada edad, me encontró de visita en su casa, sentado en su silla, la que solamente él utilizaba, y que en otra época, encontrar su silla ocupada le hubiera dado un serio disgusto, en esta ocasión no dijo nada, que también podía ser una señal de enfado. Estaba agitado por el cansancio de la caminata, se quitó el sombrero grande de pajilla tejida que llevaba puesto y se echó el pelo cano para atrás.

—Buenas tardes, papá Ezequiel. —saludé, levantándome rápidamente de su silla favorita.

—Hola hijito, ¿Has venido a visitarnos? —me dijo, mientras se sentaba a tomar el aire fresco.

—Sí, papá Ezequiel. —Contesté— Un ratito nomás, he traído un pedazo de chancaca para tu café.

— ¡Ah,  caramba!  Gracias hijito, has de tomar tu café antes de irte.

—Ya, papá Ezequiel. —Le contesté, mientras él encendía un cigarro de puro tabaco que hacía con sus propias manos— ¿Has ido a pasear? —le pregunté.

—Sí,  hijo, he ido a visitar al compadre Rojas, pasando por la chacra de tu tío Edmundo. —se detuvo un rato, yo le miré esperando la narración de alguna anécdota o aventura que ese lugar le había traído a la mente, más dijo— ¡Qué bruto, hijo, en mi vejez me doy cuenta qué lindo es este lugar, con sus inmensos árboles, su aire fresco, sus flores frescas y aromáticas, qué lindo, qué sano! —iba bajando la voz y agachándose para quitarse los zapatos nuevos y ponerse los viejos de trabajo para estar en el taller, me miró y continuo— Hijo, casi al terminar la chacra de tu tío Edmundo hay una piedra grande, enorme, no me atreví a subir, pero cuando era joven desde allí mirábamos llegar las caravanas de viajeros, es lindo mirar el paisaje desde ese lugar.

Sólo asentí con la cabeza sin decir palabra, y es que yo conocía aquella enorme mole de piedra, varias veces había jugado en ella y era evidente que Don Ezequiel quería que le acompañara a aquel  lugar para que con mi apoyo intentara treparse a aquel peñón y evocar viejos tiempos, más yo no estaba de ánimo  y me retiré simulando que mamá Silvia necesitaba mi ayuda en la cocina. Años más tarde me di cuenta que había perdido una brillante oportunidad de escuchar de sus propias palabras lo que sabía de aquel sitio y del atractivo y encanto de aquella piedra grande.

      

 

 

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