Hoy, mientras ejercía mis funciones laborales, decidí compartir uno de mis poemas y, mientras lo hacía, me llegó una idea a la cabeza.
Me monté en una máquina del tiempo y retrocedí al año 1997, al viejo salón que fungía como laboratorio de computación en mi alma máter.
Recuerdo que en ese entonces nos regalaban a cada estudiante una tarjeta con 10 horas para hacer uso de una computadora del laboratorio. Pero no crean que me refiero a una tarjeta como las que vemos en la actualidad; ¡para nada! Era un cartón con 10 casillas, donde cada una representaba una hora y, cada vez que la usabas, el encargado del laboratorio te la marcaba con una perforadora.
Si tenías suerte y lograbas hacer amistad con el encargado, te daba la oportunidad de ayudarle a encender las máquinas si llegabas temprano, o a apagarlas si eras de los últimos en irte. Claro que el apagado también venía acompañado de acomodar sillas y recoger alguna basura o papel que quedaba tirado.
Esto te ponía en ventaja con respecto a los demás. Yo siempre ayudaba en los cierres del laboratorio porque siempre era el último en irme —¡hasta tenían que correrme, jajaja!— y la recompensa era que solo me marcaban 1 hora en el cartón, aunque me hubiera pasado 5 o más horas ahí metido.
En esos tiempos estaba el auge de mIRC. ¿Alguno lo recuerda? Esta herramienta fue la ventana de entrada a la cultura del chat en vivo para toda una generación en los años 90 y 2000.
Yo recuerdo que en muy pocas oportunidades lo usé, porque lo mío era navegar en la red. Siempre me pareció fascinante ir de página en página descubriendo cosas nuevas; era literalmente una ventana abierta a todo el mundo.
Y así me la pasé hasta que llegó el famoso MSN Messenger. ¡Uff, qué salto más extraordinario! Todo dejó de ser plano para volverse gráfico, llegó la magia de los emoticones y el mundo del chat tomó un auge aún más agresivo. Con esta herramienta ya tenías que contar con una dirección de correo electrónico, ya que era la única forma de iniciar sesión.
Agregar amigos era cuestión de conocer su correo. ¿Y cómo lo hacías en ese entonces a finales de los 90? Pues fácil: intercambiando tarjetas de presentación o, en mi caso, intercambiando correos entre compañeros de clase y luego de trabajo. Así iba creciendo tu lista de contactos.
Unos pocos años más tarde dimos el gran salto a Hi5. Aquí inició el concepto de red social tal como lo conocemos hoy; era el abuelo de Instagram, por así decirlo. Acá ya se podían subir álbumes completos de fotos y personalizar tu muro con tu información. Podías saber quién había visitado tu perfil y ya no necesitabas saberte el correo de memoria: navegando entre muros decidías a quién enviar solicitud de amistad.
Luego los saltos se volvieron mucho más cercanos. De Hi5 saltamos a Facebook, ¡qué cambio tan bonito! Aquí se integró el muro, el chat y los juegos. Recuerdo bien que jugué varios de ellos, entre los que destacan FarmVille y Mafia Wars. Esta plataforma, lanzada en 2004, aún es ampliamente utilizada; yo todavía conservo mi cuenta y administró más de una página ahí.
Como te dije, los avances no pararon. Creo que los hitos más importantes después de Facebook han sido WhatsApp en 2009 y TikTok en 2016. Y ahora, con la era de la IA, seguro veremos cosas aún mejores muy pronto.
Así que los que ya tenemos unos cuantos añitos encima hemos venido saltando de red en red, adaptándonos a cada una de ellas, y seguro nos seguiremos adaptando a lo que venga.
¿Y tú, de qué época eres?
Te leo en los comentarios.
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